Jugando a la participación ciudadana

Published On 06/07/2014 | By Ignacio García Soblechero | Opinión, Política

Se habla mucho estos días de participación ciudadana. En realidad, los habrá que digan que se lleva hablando, con sus altibajos, desde el 15 de mayo de 2011, y en parte no les faltará razón. Pero lo de estas últimas semanas es más notorio, a causa del gran torbellino que está suponiendo la irrupción de Podemos en el panorama político español. No quiero hacer de esto un análisis profundo que ni siquiera en otras webs mucho más especializadas han sido capaces, hasta el momento, de concretar; pero sí utilizarlo como indicador de que parte de la sociedad española quiere sentirse partícipe de las decisiones que se toman en su nombre.

Permitidme ahora que enmiende al completo mi última afirmación: la ciudadanía no participa tanto como parece desprenderse. Sí, muchas huelgas y manifestaciones, pero poca implicación, en general, en el día a día de asociaciones, sindicatos u otros colectivos sociales, y no hablemos ya de partidos políticos. La crítica fácil sería caer en el tópico de que los españoles somos muy buenos en quejarnos, pero muy malos en siquiera atrevernos a proponer ideas. No obstante, entiendo que, si estás leyendo esta web, no vas a conformarte con esta explicación.

Hay muchas excusas para no participar: desde el fuerte estigma que supone entrar a un partido y colocarse una etiqueta que genere efectos adversos en según quién, hasta ese tan manido “no hay ningún partido que me represente fielmente”, pasando por las críticas a las estructuras internas, corrupción y enchufismos de unos u otros partidos. La realidad es que, sólo en las últimas Elecciones al Parlamento Europeo, hubo 39 listas electorales a votar. En las Generales de 2011, había 26 listas en Madrid y 20 en Barcelona, las circunscripciones más grandes, al Congreso. Cualquiera de esas excusas se podía solucionar escarbando un poco en las diferentes opciones. Otro asunto es que sean más o menos minoritarias, pero el interés podría reflejarse al menos de esa forma.

Me aventuraría a decir que el gran problema de participación tiene una causa principal, que es el miedo a la confrontación de ideas, herencia de aquel tristemente célebre haga usted como yo y no se meta en política. Bien es cierto que cada vez, y en parte gracias a los exitosos programas de reportajes, investigación y tertulias políticas, tenemos a más gente pretendiendo formarse opiniones fundadas respecto de cosas (y también algunos cuñaos, todo hay que decirlo). Pero no es mi intención señalar esta tendencia solo desde el punto de vista de las grandes políticas que colman las portadas de los medios, sino ampliarla hacia los grupos pequeños.

Confrontar ideas es algo que se hace en ámbitos tan simples como una comunidad de vecinos o nuestro propio entorno de trabajo. Dialogar y ponerse de acuerdo sobre asuntos que nos afectan como la gestión comunitaria del agua, las primas por productividad o la instalación de unas cámaras de seguridad son ejemplos básicos de confrontación de ideas y, sobre todo, de intereses. La manera de llevar adelante nuestras posturas con el apoyo de quien más nos interese no será, al final, muy distinta de aquella que hace falta para pelear por políticas en distintos ámbitos, con la única salvedad de poder disponer de los contactos necesarios en cada caso.

No pretendo dar como solución a las supuestas ansias de participación de la ciudadanía el acudir a su próxima asamblea de vecinos y exigir una zona común para aparcar bicis. Sí voy a atreverme a mencionar un excelente sistema de participación totalmente accesible y con unos medios totalmente infrautilizados: la Universidad Pública Española.

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DEMOCRACIA DE JUGUETE EN LA UNIVERSIDAD PÚBLICA ESPAÑOLA

Por cosas de la Constitución, las universidades tienen una cosa llamada autonomía universitaria, que es un derecho que viene a decir algo así como que su gestión es independiente de la de las Administraciones Públicas. Sin entrar a justificar que esta autonomía exista o no dada la dependencia económica hacia dichas Administraciones, en la práctica es un precepto que obliga a toda universidad a crear una estructura interna de gobierno formada por los propios miembros de la Comunidad Universitaria y que además, al menos en el caso de las Universidades Públicas, se articula de manera democrática e incluye a los estudiantes.

Las universidades son grandes motores de la sociedad a la que se circunscriben. Esta es una de las principales causas, con mayor o menor motivo, por las que tenemos campus e instalaciones universitarias en casi todas las ciudades con más de 100.000 habitantes, así como en todas y cada una las provincias del Estado. Esto tiene como consecuencia que los medios locales y regionales magnifiquen la importancia social de todo cuanto ocurre en las universidades ―en realidad, es necesario matizar que a la sociedad no le interesa la universidad tanto como nos pensamos los universitarios. Por suerte para lo que nos toca aquí, a la prensa no parece importarle mucho y sigue dándole mucha visibilidad―.

¿Cómo combinar todo esto? Resulta que es muy fácil tener reivindicaciones como estudiante universitario: desde querer instalaciones mejor equipadas o unos horarios más razonables hasta pagar menos por las tasas universitarias. Las distintas reivindicaciones tienen, a su vez, distintos actores de quienes dependen las decisiones. Unas veces bastará con hablar con un vicedecano o con el mismo conserje para cambiar las sillas que están rotas, y otras en cambio habrá que elaborar escritos, concertar reuniones y realizar peticiones públicas para conseguir una política de becas sociales para estudiantes en situaciones sobrevenidas.

No contentos con estas opciones, un estudiante puede ser miembro de los órganos de gobierno de las distintas estructuras universitarias. Los cupos dependen de cada universidad, pero un posible ejemplo es el 30% de estudiantes que, sobre el total de miembros, componen las juntas de centro y los consejos de departamento en la Universidad de Murcia, en la que yo participé. En ambos órganos se deciden horarios, distribuciones de clases, e incluso remuneraciones salariales al profesorado y temarios de asignaturas, lo que os puede dar una idea de la importancia de las decisiones y del notorio peso que tenemos.

Además, las universidades que no tienen suficiente con dejar a los estudiantes participar de decisiones bastante serias, suelen aportar medios económicos y materiales, como despachos con teléfono e impresora, lo que permite disponer de lugares de coordinación y elaboración de propuestas. Con una coordinación suficiente y la ayuda, en su caso, de los medios de comunicación (insisto: los medios magnifican la importancia de todo cuanto ocurre en la universidad), cualquier reivindicación, propuesta o actividad tendrá su visibilidad en prensa y podrá acceder al escrutinio de la opinión pública. ¡Y todo por querer, simplemente, tener más y mejores medios en la universidad para estudiar!

MÁS ALLÁ DEL ASAMBLEARISMO CIUDADANO

El ejemplo que yo he denominado “de juguete” sobre la universidad es, a mi modo de ver, una muestra clara de cómo una estructura aparentemente inocente y con una misión muy alejada de cualquier asunto que se suela denominar “político” ―aunque en realidad todo sea política―, proporciona espacios de participación más amplios de lo que pensamos. Y todo ello sin mencionar la facilidad con la que en la universidad se puede  encontrar a personas con intereses comunes con las que poder trabajar (véase el resultado de ello que es esta misma web). Es un excelente campo de pruebas y formación para aquel que quiera experimentar la interesante tarea de defender aquello en lo que uno cree bajo unas reglas de juego y ante personas que tienen a su cargo la gestión y dirección política de ese microestado que puede considerarse la universidad.

Con esto vengo a impugnar una idea dominante: la participación ciudadana, especialmente en el plano de los intereses políticos, no está vinculada inexorablemente a la pertenencia a partidos políticos. No solo la universidad es un ejemplo “alternativo”: las asociaciones cumplen también ese papel, y de hecho todos conocemos la existencia de asociaciones de ciclistas, de comerciantes o de consumidores que llevan a cabo sus reivindicaciones; también las plataformas ciudadanas, con mención especial a la PAH por su repercusión y relevancia reciente, realizan labores similares con un éxito notable. Como grupo de interés, y especialmente si creemos que nuestras peticiones deben ser escuchadas, habremos de saber organizarnos para la consecución de nuestros fines, y eso incluye la creación de algún tipo de agrupación reconocible y organizada.

No obstante, empezaba hablando de Podemos por el interés que ha despertado un partido organizado inicialmente en asambleas ciudadanas y, en algunos casos, deseos de participación. Si bien en el párrafo anterior he dicho que la participación no tiene por qué concentrarse exclusivamente en los partidos, no hay que olvidar que el derecho a voto de las elecciones es el que permite otorgar el gobierno a unos u otros, y que en esto son los partidos los que cobran protagonismo. Es por ello comprensible haya quienes prefieran dedicar sus esfuerzos a la elaboración de propuestas y programas completos en vez de a la reivindicación de aspectos concretos y aislados, puesto que sus objetivos serán más generales.

Pero sí quiero animar a eliminar del ideario común la concepción de las asambleas ciudadanas como única forma de expresión del Pueblo Soberano frente a los representantes ilegítimos, lema que se ha impuesto bien al calor del 15M hace unos años o repetido hasta la saciedad por un partido como Podemos. La participación de la ciudadanía en la política puede tener, y de hecho tiene, muchas formas, vías y medios. Aquí os he puesto algunos, y estoy seguro de que podréis aportar, si lo deseáis, algunos más. Todos ellos, si abandonáis las excusas habituales, son los que darán sentido y vida a nuestro sistema democrático: un sistema siempre imperfecto, pero en el que las reglas de juego nos permiten todavía hacer de la consecución de objetivos políticos una cuestión civilizada.

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About The Author

Iñaki para los amigos. Murciano. Intento de Ingeniero en Informática. Defensor de la cultura libre. Amante del debate político. Empeñado en demostrar que siempre hay "otra forma" de ver y de hacer las cosas.

2 Responses to Jugando a la participación ciudadana

  1. Pingback: La ciudadanía no participa tanto en política como parece. Sí, mucha manifestación, pero poca implicación

  2. daeriss says:

    No es necesario que participe en política activamente siempre que los gobernantes de turno sean gente de fiar y que buscan lo mejor para TODOS los ciudadanos. Hasta ahora no se ha dado el caso, los políticos que han gobernado España solo han buscado lo mejor para sus bolsillos. Lo único que tienen que hacer los ciudadanos es entender esto y dejar de votar partidos con corruptos en sus filas. Si ya les han robado una vez, que no duden que lo volverán a hacer. Cuando esto suceda avanzaremos por fin.

    http://ppsoe.foroactivo.com/forum

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