¡Todos contra La Roja!

Published On 17/06/2014 | By Colaboraciones | Opinión

Ojalá perdierais. Ojalá os eliminaran, mejor si es en la primera ronda. Ojalá vuestros contrincantes siguieran el camino de Holanda y el casillero de España luciera flamantes ceros que abrieran paso a la esperanza del resto de países. Ojalá fuerais la mayor desilusión de este Mundial.

Convendría, antes de que los cursores comiencen a deslizarse con desprecio hacia la esquina superior derecha de la pantalla, aclarar una idea: no os odio. No me alegraría de vuestra derrota. No soy, ni siquiera, especial embajadora de esas personas que consideran el fútbol el opio del pueblo y despotrican con avidez en cuanto encuentran oportunidad. De hecho, hace tiempo que observo con tristeza que más vale guardar con celo (y, ojo, también recelo) las pocas alegrías que nos permite este rincón del planeta llamado España. Así que no. No me refiero a que perdáis dada la superioridad del equipo rival; lleváis años demostrándonos que sois el mejor escuadrón con el que hayamos contado nunca y es ridículo pensar que esta vez no tenéis oportunidad. No quiero que perdáis: quiero que les dejéis ganar. Que, si de verdad lucháis por algo, no forméis parte de esto. Que os plantéis, es más, en vuestro trocito del campo y en cuanto suene el silbato os dirijáis, decididos, a los vestuarios. Y ya, por pedir, sería estupendo que os cambiarais de ropa, llamarais a vuestros acompañantes y salierais a la calle a uniros a los miles de brasileños que claman menos circo y unas migas de pan. «¿Por qué tendríamos que hacer eso? No es responsabilidad nuestra», responderíais si de verdad os vierais acorralados por la cuestión de marras. No os faltaría razón: al fin y al cabo, vosotros solo estáis haciendo vuestro trabajo. No obstante, la crisis va a cumplir seis años, y algunos estamos cansados de que nada sea responsabilidad de nadie o, mejor dicho, de que las posibilidades de cambio se vean sistemáticamente sepultadas por ingentes cantidades de dinero.

No soy tan insensata como para pensar que vais a dar un golpe de efecto tal porque yo os lo diga. Sin embargo, quizá os sorprenda saber que según una encuesta publicada en mayo, solo el 55 % de los cariocas apoya en esta ocasión a su selección en un país que muchas veces le colgó al fútbol la etiqueta de religión. Y es que son varios los que han hecho notar en diferentes medios que este año las banderas verdes y amarillas no ondean tanto en las calles como en otros Mundiales. Hasta la presidenta de la nación, Dilma Rousseff, ha tenido que recordar a los habitantes del país que esta es una ocasión para la alegría. Aunque quizá no para ella: el dinero público invertido en este campeonato, la alta inflación (un 6,2 % en 2013 según datos del Banco Mundial) o la brusca desaceleración económica (con un PIB que pasó de crecer un 7,5 % en 2010 a un exiguo 0,9 % en 2012) son algunos de los factores que han mermado la popularidad de Rousseff. Los sondeos le otorgan un 38 % de los votos en las elecciones de octubre, frente al 47 % de las pasadas. Aun así, seguiría siendo la opción más votada. Al fin y al cabo, sobran ejemplos de que invertir colosales sumas en albergar eventos deportivos de carácter internacional no es óbice para que los responsables sigan en sus puestos… aunque tales intentos no lleguen a buen puerto. Tres veces consecutivas.

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Pero es una inversión, no un gasto …¿ no?

El beneficio económico ha sido el escudo tras el que se ha parapetado la presidenta cuando las críticas parecían arreciar. No obstante, ni siquiera este argumento, recurrente en este tipo de polémicas, parece ya fiable. La sombra de los Juegos Olímpicos de Montréal 1976, cuya deuda se terminó de pagar en 2006, planea sobre las costosas infraestructuras del país. No faltan motivos: los 1.700 millones de euros que se preveían necesarios en 2010 para la reforma o construcción de estadios se acabaron convirtiendo en 2.600, lo cual supera el coste de los mundiales de Alemania y Sudáfrica juntos y convierten a este en el más caro de la historia. En total, se estima que el Gobierno de Brasil ha gastado más de 8.000 millones de euros en acondicionar la nación para el espectáculo que se avecina. 200 de esos millones han ido, por cierto, a parar a un flamante estadio que se alza en la ciudad de Manaos, capital del aislado estado de Amazonas. En una región en la que la asistencia media por partido ronda, normalmente, los 500 espectadores, los 42.000 asientos del coloso se antojan absurdos; más aun si tenemos en cuenta que solo tendrán invitados en cuatro partidos de este Mundial. Esto os lo cuenta mejor que yo el cómico inglés John Oliver, que resume toda la problemática en torno al consabido dispendio en los trece minutos de vídeo que os incrusto al final del texto.

No es solo el pueblo, a quien siempre se puede acusar de maleable y desinformado, el único que ha expresado su insatisfacción con el evento. El último tirón de orejas lo dio la agencia de calificación de riesgo Moody’s en marzo, cuando publicó su informe 2014 FIFA World Cup Brazil. A Quick Score for the Beverage, Travel, Construction and Broadcast Sectors («Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014. Un gol rápido para los sectores de la bebida, el turismo, la construcción y los medios de comunicación»). En él, auguraba un escaso a la par que efímero beneficio para el país. Asimismo, apuntaba que aunque los gastos programados en infraestructuras favorecen a los proveedores locales, esta suma solo supone un 0,7 % de la inversión total planeada para el periodo 2010-2014 en Brasil. Todo esto sin contar las exenciones fiscales con las que contarán la FIFA y sus empresas subsidiarias y asociadas, que el propio Tribunal de Cuentas brasileño ha valorado en 322 millones de euros. Así las cosas, muchos se preguntan quién gana con este acontecimiento (dado que, al fin y al cabo, la experiencia nos hace intuir quiénes son los que pierden). Joana Havelange, directora del Comité Organizador Local del Mundial de Brasil y nieta del expresidente de la FIFA Joao Havelange, vino a tranquilizarnos contándonos que «lo que había que se podía robar, ya se ha robado», con esa filosofía del «aquí paz y después gloria» a la que nos tienen ya tan acostumbrados los dirigentes a este lado del Atlántico.

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Aquí está el circo, pero ¿dónde está el pan?

Sin embargo, es coherente pensar que las posibles consecuencias negativas en los planos político y económico brasileños no son razón suficiente como para desear que la Selección Española de Fútbol, orgullo patrio y responsable de euforias periódicas, se plante ante el esférico y diga «no». No obstante, sí podría considerarse un valioso gesto de deferencia hacia los millones de personas que desde hace casi un año vienen manifestándose en contra de las millonarias cantidades de dinero vertidas en un negocio que se antoja accesorio y casi obsceno en época de vacas flacas. O, por ejemplo, un guiño a ese 18,5 % de la población (unos 40 millones de personas) que vive por debajo del umbral de la pobreza en un país en el que, según Manos Unidas, el 10 % más rico de la población acapara el 44,5 % de los ingresos totales, mientras que el 10 % más pobre sólo obtiene un 1,1 % del total. Quizá un homenaje a los 9 obreros muertos durante la construcción de unas infraestructuras que, por cierto, al comenzar el Mundial no estaban aún preparadas. O a las decenas de manifestantes muertos desde que comenzara, hace un año, la oleada de indignación. O a los 250.000 desalojados de sus casas de 12 ciudades sede. No sería un gesto vano: el acto simbólico de retiraros de un juego que solo beneficia a las élites tendría más valor que los 720.000 euros que cada uno cobraréis si ganáis, especialmente en un tiempo en el que defender ideales sale inusualmente caro. Y demostraríais algo que, por escaso, es todavía más importante: que la dignidad no se compra… ni se vende.

Peca de iluso el que crea que con este texto espero realmente llegar a los jugadores de la Selección y causar, así, alguna reacción efectista que llene titulares de periódicos de todo el mundo. En absoluto. Mi objetivo no es más que dar un punto de vista en cierto modo radical (siempre creí que a veces, para avanzar hacia el centro, conviene tirar desde un extremo) que aporte un enfoque con suerte mínimamente diferente sobre el mes que se nos avecina, las consecuencias que puede tener para su anfitrión y las que ya está teniendo para el pueblo brasileño. Y, querido lector, si has llegado hasta aquí y al menos una de las ideas expuestas ha merecido tu ponderación crítica, habré conseguido lo que me proponía. Gracias de antemano.

P. D.: Suerte a la Selección. Supongo.

— Colaboración de Marina G.

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Por lo general, gente con mucho tiempo libre y sin nada mejor que hacer que llenar de rica cultura vuestras cabezas escribiendo en MLI. Eso que os lleváis.

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