El derecho de las mujeres a la comunicación: radios comunitarias

Published On 11/06/2014 | By Camila Cienfuegos | Opinión

La voz de la mujer en la vida pública adquiere cada vez más fuerza y preponderancia dentro de los esquemas de poder que conocemos. Es una lucha que aún no termina y queda mucho territorio por conquistar, pero es innegable que se han conquistado cosas y principios que antes ni siquiera podían imaginarse como tierras transitables para una mujer. Los medios de comunicación tienen un poder enorme dentro de la toma de decisiones, por eso las mujeres deben tomar paso firme e involucrarse activamente dentro de los mismos; sin embargo, esto tampoco es cosa fácil: uno de los derechos que más se vapulea es el derecho a expresarse, y en este caso, el hecho de ser mujer complica las cosas todavía más, haciendo que la protección y ejercicio de los derechos requiera de acciones mucho más firmes y apremiantes. La participación estriba en gran medida en la capacidad que tenemos de interesarnos y tener iniciativa respecto a temas de la cosa pública que nos competen a todos por igual. En ese tenor, las radios comunitarias son un elemento fundamental para hacerse escuchar en un mundo en el que, de otro modo, las mujeres corren el riesgo de ser censuradas tajantemente.

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada en la década de los años 40, habla sobre el derecho que tiene todo ser humano a la comunicación y lo que se deriva de ello, pero no es hasta el año 1975, denominado el Año Internacional de la Mujer, que la ONU decide poner el reflector sobre la situación femenina en muchos aspectos de la vida cultural y política. Las primeras corrientes feministas se encargaron de posicionar dentro de la agenda pública el tema de las mujeres dentro de los medios de comunicación masiva, sosteniendo que los esquemas culturales estaban enormemente influenciados por los gigantes de la comunicación, que promovían prácticas discriminatorias que repercutían directamente en la vida cotidiana de la audiencia femenina. Esto se decantaba, pues, en una petición primordial: que se abrieran y se democratizaran los espacios para que las mujeres pudiesen fungir como creadoras de contenido e incluso como propietarias o directoras de los consorcios. Es en este momento cuando se empieza a hablar por primera vez en el mundo de una llamada “comunicación de género”.

Por otra parte, la Plataforma de Acción de Beijing (1995) reconoció que la discriminación de las mujeres en los medios de comunicación se dejaba ver en el bajísimo número de mujeres que trabajaban u ostentaban un puesto tomador de decisiones dentro de ellos y en las representaciones de estereotipos femeninos que se mostraban y reforzaban a través de los mismos. En México, estas afirmaciones se pueden apreciar de forma muy clara. Según Aimée Vega, hasta 2005 la distribución de mujeres y hombres en la industria radiofónica mexicana era bastante desigual, con una presencia 76.9% masculina y 23.1% femenina repartida entre direcciones, presidencias y coordinaciones de áreas. Es entonces cuando podemos comenzar a hablar de la preponderancia que adquieren las radios comunitarias en el ejercicio de los derechos de la mujer, tal y como lo menciona Irina Vázquez, “al ser las radios comunitarias espacios de defensa de los derechos humanos, en especial de la libertad de expresión, distintas mujeres a título personal o de manera organizada, han visto en ellas la posibilidad de extender la lucha por el reconocimiento de sus derechos, de participar en la generación de opinión pública, de impulsar la diversidad de opiniones manifiestas en una sociedad y de construir ciudadanía”. Dicho esto, las radios comunitarias representan una herramienta fundamental para que se hable de temas que muchas veces son mal vistos o incluso vetados en medios comerciales de comunicación masiva.

Asimismo, el derecho a la comunicación puede ejercerse libremente en radios que, como estas, no están sometidas a ningún poder fáctico que pudiese desear su censura o su cancelación; las mujeres indígenas han sabido, entonces, utilizar esto a su favor para hacer valer el derecho que tienen a expresarse, y a ocupar puestos en la jerarquía que signifiquen una voz femenina al mando que pueda trabajar en conjunto con otras voces que generen discursos congruentes y libres de violencia. “Una radio comunitaria no se alía con un poder local autoritario, lo cuestiona y hace pública su forma de gobierno, es decir, ubica en la esfera de lo público lo que circula como secreto a voces y la gente sabe por experiencia propia, para intentar transformar su realidad, nombra públicamente y de otras maneras las cosas conocidas, hace evidentes hechos ocultos y les da nuevos significados. Incluye el propósito de modificar el orden de los poderes y con ello la vida cotidiana, las relaciones, los roles y los estatutos de mujeres y hombres de la comunidad que asumen nuevas formas de relación para cambiar su situación”.

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La radio comunitaria en México aparece por primera vez alrededor de los años 60 con dos escuelas radiofónicas, una en la Sierra Tarahumara y otra en Huayacocotla, en el estado de Veracruz, y posteriormente surge una tercera, ubicada en Teocelo, también en Veracruz. Todas ellas tenían como finalidad dar voz a los campesinos y a la gente que habitaba la región. Las radios comunitarias han seguido surgiendo a lo largo y ancho del país, desde las primeras ubicadas en la Sierra Tarahumara, pasando por Estado de México (La Voladora) y Tangancícuaro, Michoacán, hasta llegar a Radio Jenpoj, en Oaxaca.

En 1992, llegó a México la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC) para orientar y acompañar a las radios comunitarias mexicanas, así como para velar por la protección de sus derechos y tratar de buscar licencias para las emisoras. Hasta 2010, AMARC tenía 15 radios comunitarias asociadas, a las que ellos se encargaron de conseguirles permisos para el uso de frecuencias. Por su parte, el Sistema de Radios Indigenistas tiene 20 emisoras ubicadas en 15 estados de la República. No se sabe con certeza cuántas radios comunitarias hay en México, ya que muchas no cuentan con el registro o aparecen y desaparecen. En 2005, y en gran parte gracias a la lucha de AMARC, se logró por primera vez que se le otorgaran permisos de transmisión a 11 radios comunitarias, entre las que se encontraba La Voladora. En 2013, se aprobó en el Senado de la República la Reforma en Materia de Telecomunicaciones, que reconoce por primera vez a las radios comunitarias/indígenas como medios de uso social. Sin embargo, la iniciativa de ley secundaria propuesta en marzo de este año, no ofrece ningún tipo de garantía para acceder a frecuencias o financiamiento para las redes comunitarias al no reconocer sus derechos, lo que podría poner en peligro su existencia.

Desde sus inicios, las radios comunitarias han luchado arduamente para seguir existiendo y manteniéndose. Al ser organizaciones que no buscan lucrarse y que no son financiadas públicamente, siempre han tenido que sostenerse por donaciones de particulares y la gente que de forma voluntaria labora dentro de las mismas, sea en puestos de producción, locución o dirección. De igual modo, nunca han sido radios comerciales o estatales, y antiguamente habían sido completamente pasadas por alto en legislaciones y reformas.

Los mensajes que predican las radios comunitarias son aquellos que interesan a los habitantes de la localidad donde están ubicadas, proporcionando espacios para que cualquier persona pueda participar y hacerse escuchar. Este tipo de emisoras representan canales de expresión para gente que, de otra manera, quizá vería muy difícil la oportunidad de poder hacerlo en medios comerciales, especialmente si tenemos en consideración las cúpulas de poder y la hegemonía que rige nuestros sistemas de televisión y radio pública desde hace ya tantos años. Al respecto, Aleida Calleja cuenta la siguiente anécdota en el libro Con permiso: la radio comunitaria en México: “(…) cuando hicimos un taller con un grupo de mujeres (en Radio Grafía, del estado de Jalisco) para hablar sobre la posibilidad de que tuvieran una amplia participación en la producción de programas y ser corresponsales de los acontecimientos de su comunidad, de pronto se acercó una mujer y con los ojos llenos de lágrimas dijo que quizá ella no podía entrar porque no sabía leer ni escribir, pero que iba a empezar a ir a clases para aprender y trabajar con la radio. Me rompió el corazón, hasta la fecha cada vez que lo recuerdo no puedo evitar sentir un nudo en la garganta”.

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AMARC creó en 1992 la llamada Red de Mujeres, una asamblea constituida con el objetivo de generar conciencia entre los varones sobre la importancia de la participación femenina en el quehacer radiofónico, tanto en el tema de los contenidos como en el aspecto laboral y profesional. Esta red aboga por la equidad dentro de las radios comunitarias asociadas a AMARC, para que en ningún momento se pase por alto la presencia de las mujeres en las estructuras internas de las radiodifusoras. De las emisoras afiliadas a AMARC, dos de ellas son dirigidas por mujeres: La Voladora, por Verónica Galicia, y Radio Nahndiá, por Guadalupe Blanco. A su vez, en La Voladora laboran 12 hombres y 10 mujeres, divididos en departamentos de locución, producción, reporteros, soporte técnico, entre otros; y cuenta con un programa titulado El Trasfondo que aborda problemáticas que tienen que ver con la psicología femenina. La presencia de mujeres en radios comunitarias como La Voladora, Radio Huayacocotla o Radio Jenpoj se debe a que desde su fundación se consideró a las mujeres dentro de la toma de decisiones y en ningún momento se tomó en cuenta a un género por encima del otro. En ese sentido, las radios comunitarias son muy distintas a otros medios de comunicación de corte comercial, donde en más de una ocasión se ha suscitado algún tipo de discriminación hacia las mujeres.

Otras radios comunitarias tienen otras formas de incorporar a las mujeres en su producción de contenidos y discursos: Radio Uandarhi, de Michoacán, tiene programas que abordan el tema del género; Radio Cultural FM, también de Michoacán, promueve de manera firme la protección de los derechos humanos de los migrantes y las mujeres, y habla sobre sexualidad e integración familiar; Radio Bemba FM, de Sonora, toca temas sobre violencia contra la mujer e informa sobre embarazo adolescente, e incluso tiene un espacio para gente de la comunidad LGBT; Omega Experimental, del Estado de México, fomenta y defiende la equidad de género sobretodo entre la población joven; Radio Huayacocotla, de Veracruz, tiene un programa dedicado especialmente a promover iniciativas de grupos de mujeres, etcétera. Estos son solo algunos ejemplos de los modelos de integración que proponen las radios comunitarias para que las mujeres siempre tengan un rol activo y puedan de alguna forma de expresar sus sentires y opiniones respecto a lo que acontece en su entorno.

La inclusión de programas hechos específicamente para las mujeres, así como la participación de las mismas dentro de los mecanismos de las radios comunitarias, nos habla de un nuevo paradigma en cuanto al ejercicio del derecho a la libre expresión se refiere. Anabel Concepción Vázquez, de Radio Jenpoj, afirmó lo siguiente en el marco de la II Cumbre de Continental de Comunicación Indígena, celebrada en octubre de 2013: “Las mujeres estamos colaborando con la radio comunitaria. Las mujeres estamos los fines de semana, nos encargamos de los contenidos de los programas, participamos en la cobertura de eventos ya sea local, nacional o internacional. Sabemos que somos el pilar para realizar la fiesta de la comunidad o también el aniversario de la radio”. La participación de las mujeres en las comunidades ha trascendido las labores del hogar o de la crianza de los hijos para incorporarse de lleno a la esfera pública y política de la toma de decisiones. Las radios comunitarias son ese altavoz que sirve para visibilizar lo que se gesta al interior del mundo femenino, cosa que había estado ignorada, o incluso silenciada, durante mucho tiempo por los medios dominantes.

Los tiempos cambian, sin duda. Estamos ante la construcción de nuevos lenguajes y paradigmas; las formas de concebir al género y a la mujer en especial están transformándose paso a paso, abriéndole el camino a visiones diferentes sobre el mundo y sobre la manera de hacer las cosas. Las radios comunitarias son un destello de libertad que, esperemos, pueda reflejarse en la posteridad y convertirse en una luz que alumbre el camino para muchas mujeres que han tenido que vivir sometidas y calladas durante toda su vida. El ejemplo de las mujeres indígenas que crean contenidos para las radios de sus comunidades es un ejemplo que se replica de otras formas en otras partes del mundo. Poco a poco se van insertando en contextos y espacios que abren una gama de posibilidades infinita, y que además dan la oportunidad de expresarse y de poner de manifiesto cosas que durante muchos años permanecieron guardadas, esperando el momento adecuado para salir y mostrarse ante el mundo.

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21 años // México // Políticamente incorrecta // Fan del arrabal, los pasteles y los zurdos.

2 Responses to El derecho de las mujeres a la comunicación: radios comunitarias

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  2. Pablo Vaca says:

    En esta época y en esta era en que se vive opino que no se debería hablar de los derechos de la mujer, si no de los derechos del ser humando, ya que todos somos iguales y ya no debería haber ningún tipo de discriminación ni de limitación hacia ninguno de los dos sexos

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