España entera podría ser ‘gamonalera’

Published On 17/01/2014 | By Colaboraciones | Crónica, Opinión

Gamonal es un barrio más; un puñado de calles con edificios de altura media, tiendas, colegios, alguna biblioteca, y gente muy corriente, una muestra estadística perfecta de la clase media obrera española. Esa que vive notando el gélido aliento de la hipoteca, la residencia del abuelo y las facturas crecientes de la luz y el gas en el cogote. La misma que grita al televisor cada vez que le quitan un poquito más, aunque sabe que no le oyen, porque es la única manera que se le ocurre de desahogarse contra un sistema que no sólo le roba y explota, sino que lo admite con la sonrisa en los labios y el orgullo de los que se saben inalcanzables. La clase media que se enfrentaría a una crisis existencial si tuviera tiempo de pensarse y reflexionarse, si por un instante el mundo dejara de asfixiarla. Tal vez por eso muchos hablen de la chispa que podría encender el país; porque España entera podría ser gamonalera.

Yo he nacido y crecido en Gamonal, junto al complejo industrial del que viven la mayoría de sus habitantes, a cien metros de un bosque de pinos, y a algo menos de varias fábricas y cadenas de montaje.

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Y podría hablar de la sucesión interminable de corrupciones: de un alcalde que recibió sobornos del constructor responsable del bulevar cuando era concejal de urbanismo. De obras chapuceras que se repiten un número interminable de veces, siempre a cargo de la misma compañía. De concejales que se gastan más de 200.000 euros de las arcas del Ayuntamiento en llamadas a México. Del parking subterráneo que se intentó construir en terreno inestable en 2005 —evitado por los vecinos como esta vez—, y del proyecto actual, plagado de irregularidades. De cómo el Ayuntamiento cobró por las aceras que hoy quiere levantar, cuando el vecindario no era más que un pueblo sin pavimentar. Del camino que ha desembocado, en definitiva, en este movimiento abstracto que nadie sabe muy bien cómo entender, ni siquiera sus impulsores. No obstante, como ciudadano de la zona cero, hoy prefiero reflexionar sobre la rabia, responsable a mi juicio de que un puñado de vecinos sacudan los cimientos mismos de las instituciones españolas.

Una cosa peculiar que tiene el barrio es el orgullo patrio que suscita en sus habitantes. Se trata de una especie de mecanismo de defensa tribal, una identificación del individuo con su manada; eso otorga una cierta complicidad, unidad si se prefiere, que ayuda a paliar ese sentimiento de inferioridad que todos los vecindarios obreros sienten en mayor o menor medida. Digo esto para ser claro y callar bocas demagógicas: lo ocurrido no se debe a la negación a pagar un parking. Lo que ha hecho que cientos de personas se manifiesten durante meses, que se levanten a las seis de la mañana y organicen rotaciones y turnos para no dejar nunca la calle vacía, es la rabia, la indignación, un sentimiento más atávico que racional, la reacción instintiva que todo ser vivo experimenta cuando se siente amenazado. La misma furia que embargó a los madrileños ante la privatización sanitaria, o a los mineros asturianos cuando les dejaron en la calle. Ese escozor que retuerce el alma y que susurra al oído ideas homicidas. Todo home de pro, como diría nuestro Cid, lo ha sentido alguna vez, y en los más ese sentimiento ha ido creciendo en los últimos años, aunque traduciéndose tan sólo en un rechinar de dientes y un apretar de puños. Hasta ahora.

Gamonal es un barrio que no se arredra, porque lo hemos tenido algo más duro que el resto, y  porque el mismo orgullo patrio que he mencionado antes, nos hace sentir como propia la agresión al compañero. Mis propios abuelos, huérfanos debido a la curiosa costumbre que tenían los republicanos en aquella época de pasear por el campo, enrojecen cuando ven sus pensiones menguar y a sus nietos sufrir, indignados al ver cómo el sistema arrasa lo que tanto esfuerzo, vidas incluso, costó construir. Obviamente no hablo de una calle de cuatro carriles, sino de los derechos sociales.

Cuando añadimos una brutalidad policial exacerbada, con toques de queda, allanamientos de morada, palizas y arrestos indiscriminados e injustificados (el propio SUP se está planteando denunciar al comisario responsable), la rabia se convierte en motor de masas y el pueblo marcha para defender lo que es suyo. No soy partidario de la lucha violenta, y el primer día de disturbios los condené, porque habían obligado a la Plataforma Vecinal a disolverse, y porque constituían el mismo atentado contra el barrio que aquél que querían evitar.

El problema se agravó cuando la policía irrumpió a sangre y fuego en el barrio; la única alternativa de un vecindario acorralado fue dar la cara, una chispita de orgullo se me encendió por dentro; y lo mismo ocurrió en miles de personas. El bulevar se convirtió en un símbolo, y la rabia comenzó a contagiarse, porque al fin alguien había decidido dejarse la piel por pararle los pies a una casta política insaciable. La bendita furia que nos hace olvidar lo que tenemos que perder, el instinto profundo de los desposeídos. Rabia y esperanza. Porque tal vez el gigante sí tenga los pies de barrio. Y  no se trata de ofrecer alternativas, de cambiar las cosas. No por el momento. Se trata simplemente de elevar los brazos al cielo, gritar, y comenzar a ser conscientes de nuestro propio poder para salvaguardar la libertad y dignidad humanas. De elegir luchar antes que huir, por primera vez en mucho tiempo.

Toda España bulle en estos momentos con manifestaciones de solidaridad. En Burgos, la policía local ha ayudado a manifestantes a escapar de los nacionales, y en Madrid los bomberos se han enfrentado a la Unidad de Intervención Policial. Hace poco he regresado de la manifestación convocada en Valladolid, donde no esperaba encontrar ni la cuarta parte de los que estaban.

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Los que vivan en Pucela sabrán el mérito que tiene conseguir que salga tanta gente a la calle en esta ciudad (imagen de la manifestación del 15 de enero en favor de las reivindicaciones del Barrio de Gamonal)

Poco a poco despertamos, miramos a nuestro alrededor, y no vemos competidores o extraños, sino compañeros subyugados como nosotros; y eso nos da fuerzas, nos da esperanza, y nos enfurece todavía más. Puede que cuando ceda el alcalde, cuando terminen los arrestos y se libere a los detenidos, el movimiento desaparezca. Pero antes, habrá servido para recordar al mundo que los representantes se deben a los representados, y que defraudar, en toda la polisemia de la palabra, tiene consecuencias.

— Colaboración de Óscar Soto Angona.

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Por lo general, gente con mucho tiempo libre y sin nada mejor que hacer que llenar de rica cultura vuestras cabezas escribiendo en MLI. Eso que os lleváis.

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