¿Un país de idiotas?

Published On 20/12/2013 | By Alex C | Opinión

¿Cuando alguien os llama idiota sabéis a qué se refiere exactamente?

Una cosa puntual, pero llamativa y significativa, que te enseñan al poco de empezar la carrera de Ciencias Políticas es el origen de esta palabrota, que viene del término del griego antiguo idiotés. En su origen se utilizaba para designar despectivamente a aquel ciudadano que se desentendiera de la “cosa pública” (la res publica en latín, “república”), considerándolo literalmente un enfermo, una persona disfuncional porque, en fin, lo que concierne a la comunidad (ya fuera el ir a la guerra, el sistema tributario, etc.) acaba forzosamente concerniendo al individuo. Ello obedece al funcionamento de la democracia ateniense del siglo IV a. C., de unos 30.000 ciudadanos (que no habitantes) que entendían su libertad en relación a la comunidad, es decir, en la medida en que pudieran participar en la esfera pública. Y por ello la política giraba en torno a unas instituciones de participación  directa, como la asamblea.

Das Zeitalter des Perikles / Foltz

Lo llaman “democracia” y…

Nuestra democracia representativa obedece a un proceso histórico que ha conllevado muchos beneficios (en términos de organización de las grandes poblaciones de los Estados-nación) y algunos costes, siendo el principal de ellos la permanencia más o menos inevitable de una serie de élites (algo tolerable en la medida en que se garantice una situación de bienestar y protección social). En el ámbito concretamente político ello resulta en una representación bastante imperfecta de la soberanía (que reside en la voluntad popular), consagrada no tanto en la extrañamente célebre Ley D’Hont como en la provincia como circunscripción electoral, así como la prohibición constitucional del mandato imperativo.

Pero al punto en que hemos llegado en la interminable crisis actual se hace claro que el sistema democrático tal como funciona ya no nos sirve. Simplemente, no va en consonancia con la magnitud de los retos que se nos plantean a la ciudadanía; quienes cada vez tienen mayor acceso a la información y capacidad crítica. Por lo tanto, cada vez menos idiota. Meter el sobre en la urna cada cuatro años (quien lo haga) se ha revelado como un procedimiento cuanto menos ridículo ante el impacto directo de políticas que afectan de lleno nuestro día a día, ya sea dando vía libre al despido, facilitando los desahucios o recortando drásticamente en Sanidad y Educación (los ámbitos en los que no debería recortarse salvo caso de hecatombe).

Pero no es sólo eso. No estamos hablando de cualquier otro país que esté adoptando medidas de restricción económica. Esto es España, y ésta, como cada día percibimos con mayor claridad, is different.

Decir a estas alturas que la crisis económica ha servido, no tanto para provocar una simple crisis política, sino para destapar la nauseabunda realidad del régimen institucional surgido de la antes mitificada Transición es ya una obviedad. Todas las instituciones acordadas durante los “grandes pactos” en la Transición han sufrido un enorme descrédito en los últimos años: un Gobierno y unas Cortes que representan muy escasamente la voluntad popular (cuando no responden directamente a intereses externos en detrimento de su población), un Banco Central sin verdadera capacidad para estabilizar la economía nacional, por no mencionar el bochornoso espectáculo en que ha devenido la Monarquía (máxima encarnación de la unidad nacional). Nunca se vio más claro como hoy día que el sistema político español se organizó en primer lugar para asegurar la permanencia en el poder de un grupo concreto, una élite que cabría holgadamente en un estadio de fútbol y a la que el franquismo se le quedó pequeño, en la que se entrelazan de forma casi indistinta las diferentes esferas de poder: los partidos políticos, el poder judicial, la banca, los medios de comunicación, las grandes empresas energéticas, de comunicación, transporte, etc. Y aunque los miembros de esta élite no tienen necesariamente por qué compartir objetivos e ideología, en última instancia se cubren unos a otros perpetuando un statu quo que les beneficia a ellos como particulares.

El poder de una piedra

En este sentido, los últimos dos años han demostrado algo para lo que una ciudadanía medianamente avanzada quizá no estaba preparada: si el poder quiere mantenerse en su sitio, se mantendrá. Ésa es su verdadera naturaleza. Esto puede extrapolarse a una escala mayor si se quiere (por ejemplo, el giro violento de las protestas en Grecia contra los dictados de la Troika), pero seguirá siendo así.

El gobierno de Mariano Rajoy, sordo y ciego, ha incumplido la inmensa mayoría de su programa electoral, con un partido visiblemente construido en torno a una tupida red de corrupción (resulta a estas alturas ridículo diferenciar en esencia el caso Bárcenas del caso Gürtel y de la financiación ilegal del partido) y asolado por un escándalo que afecta directamente a sus más altos cargos. Y ante las constantes protestas políticas, ciudadanas e incluso de algunas de las instituciones internacionales a las que supuestamente obedece, ha llevado por bandera la política del “habla mucho que no te escucho”. Pasa sobre los problemas, inmutable, porque no parece tener recursos para afrontarlos dentro de las reglas del juego (Cataluña…). La sensación que prevalece es que, cuanto mayor sea el reto, y en consecuencia mayor sea la talla política que el gobierno le debe a la ciudadanía, más se repliega éste sobre sí mismo.

Porque estamos ante una clase política (y me refiero sobre todo a los altos centros de decisión) que en la práctica no entiende su labor como deudora, como verdadera representante e incluso encarnación de la ciudadanía, sino en el mejor de los casos como una labor particular de gestión de los asuntos sociales. Asoma el rubor al recordar los numerosos casos de ministros alemanes o británicos (los supuestos modelos a seguir) que han presentado dimisión inmediata al desvelarse un plagio en una parte de su tésis doctoral o incluso una infidelidad. En España, simplemente, no existe una cultura de lo que en inglés se denomina accountabilityla rendición de cuentas, y esto es algo inherentemente heredero de la tradición del “tengamos la fiesta en paz” de la Transición (que comenzó a resquebrajarse con los atentados del 11-M y después con la invasión de Irak, aunque entraremos en ello más tarde). En más de un sentido, toman a la ciudadanía por idiota.

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En este sentido, la imagen paradigmática del actual gobierno probablemente sea la intervención de Mariano Rajoy por videoconferencia en la sede del Partido Popular en Génova para emitir su voz (que no dar explicaciones a la prensa) en el fragor del escándalo de los sobresueldos revelados por Luis Bárcenas. Aquel etéreo gallego de fantasmagórico plasma capturó perfectamente la esencia del statu quo de la política española. Y en un momento en que los medios de comunicación son el agente mediador ineludible entre los centros de decisión y la ciudadanía, las ruedas de prensa sin preguntas, un concepto contradictorio y repugnante al pensamiento, se han hecho lamentablemente habituales (con la complacencia de ciertos medios de comunicación que no quieren perder su posibilidad de rascar la mínima exclusiva directamente de los círculos de decisión).

¿Qué puede hacer la ciudadanía ante tan inaudita e intolerable opacidad? ¿Cómo puede movilizarse ante semejante y patético monolito?

Una década de movilizaciones

La triste respuesta parece ser “no mucho más de lo que ya hace”.

Sí, hemos experimentado un histórico ciclo de movilizaciones sociales en los que la ciudadanía española, realmente se ha organizado autónomamente por primera vez en mucho tiempo, como tal, y al margen de instituciones tradicionales como partidos políticos y sindicatos, con el fin de hacer oír su repulsa estableciendo bloques de presión social. El quid de la cuestión reside en que estas movilizaciones son básicamente reactivas, ya que no están encuadradas en un proyecto político que se deba a una ideología específica. En esta crisis las clases medias se están movilizando para evitar perder sus derechos y atribuciones en general, es decir, para evitar bajar de escalón dentro del sistema capitalista y “proletarizarse” mediante la precarización de las condiciones de trabajo, pero el enfoque de estas ha resultado a menudo fallido.

La premisa del ciclo de movilizaciones iniciado en 2011, de que el compartir información de forma no mediatizada por medio de redes sociales como Facebook o Twitter significa inmediatamente una forma de emancipación, se ha revelado con el paso del tiempo como ilusoria en la práctica (que, en política, es la que verdaderamente importa): se puede afirmar que se ha creado una cultura crítica de base de cierta importancia, pero el necesario paso de ahí a la acción es algo mucho menos inmediato y evidente de lo que se presupone.

Lo cierto es que antes que eso, y a modo de guía, tenemos el precedente de las movilizaciones por el desastre del Prestige en 2002, por el No a la guerra de 2003 contra la intervención en Irak, y muy especialmente, las concentraciones el 13 de marzo de 2004 ante las sedes del PP por toda España en protesta por la reiterada y falsa aseveración de la autoría de ETA sobre los atentados del 11-M. Tales convocatorias se realizaron mediante largas cadenas de mensajes de texto por el teléfono móvil y supusieron el primer despertar de una ciudadanía movilizada desde que al comienzo de la “baja Transición” (segunda mitad de la década de los 80) se echó a dormir el sueño de los idiotas.

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En 2004, la movilización social de verdadero cariz transformador resurgió en el terreno de las nuevas tecnologías de telecomunicación, que facilitan enormemente la convocatoria de un gran número de personas. Además, y quizá más importante, existía un hecho puntual, un conflicto muy concreto sobre el que incidir y hacer presión. En aquella época, en la que la burbuja inmobiliaria estaba alcanzando su máximo volumen y los precios de la vivienda subían sin límite racional, se crearon diversas plataformas ciudadanas para reclamar el derecho amparado por la Constitución a tener una vivienda digna. Entre estas asociaciones de perfil principalmente juvenil, destacan la Plataforma por una Vivienda Digna y V de Vivienda. Faltaría a la realidad, por otro lado, no mencionar las movilizaciones retrógradas (que no conservadoras) jaleadas por el Partido Popular en la oposición con la Iglesia como correa de transmisión, ya sea en contra del cambio en la legislación del aborto, el matrimonio homosexual o la sorprendentemente polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía. De un modo u otro, insistencia sobre un aspecto concreto, comunicación masiva en redes y una clara cultura de reapropiación del espacio público.

Un día como ningún otro

El 15-M (que a pesar de las insinuaciones de Beatriz Talegón, es de corte claramente progresista) supuso el punto culminante de aquel zeitgeist en un momento en el que la ciudadanía ya no podía más (o eso se creía en su momento). El problema es que en la coyuntura social el sistema solo podía cuestionarse en su conjunto, pero un reto de tal magnitud exige una uniformidad del relato compartido y del curso de acción muy compleja de conseguir. Recordemos que en las asambleas del 15-M tenían cabida desde cristiano-demócratas hasta anarquistas decimonónicos. Y frente a esa relativa indefinición el poder reaccionó.

En 2011, las épicas concentraciones del 15-M fueron toleradas por el estupor de un gobierno del PSOE políticamente herido de muerte, pero no siguió siendo así una vez el PP llegó al poder con un holgada mayoría absoluta en noviembre de aquel mismo 2011. La figura de la delegada del gobierno en Madrid Cristina Cifuentes ha pasado a encarnar la mano dura del gobierno con los manifestantes, trayendo a la memoria colectiva imágenes propias de la dictadura franquista. Y si durante los primeros meses del 15-M, en su máximo apogeo, las concentraciones y manifestaciones se caracterizaron por un carácter más o menos alegre y vitalista (en una especie de revival de Mayo del 68), con un cierdo espíritu lúdico heredero de la cultura Facebook que suavizaba un poco el tremendo volumen de indignación y frustración que contenía, jornadas como el 25 de Septiembre de 2012 desmintieron esto y mostraron el conflicto social en toda su crudeza, en su expresión más reducida.

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Las concentraciones masivas quizá acabaron y muchos han criticado esto al 15-M (a menudo los mismos que criticaron que no se constituyera en un partido político con un programa), pero también es cierto que éste se diluyó en numerosas asambleas de barrio y organizaciones ciudadanas que heredaron su método asambleario, inclusivo y de contacto personal directo para hacer frente a algunos de los peores síntomas de la crisis. Todo ello, no hay que olvidar, sobre la base de la cultura crítica compartida virtualmente. Los logros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o la marea blanca contra la privatización de la gestión de varios hospitales públicos en Madrid así lo manifiestan. Allá donde hay un desahucio, foto en Twitter para convocar gente que le haga frente. El 15-M en definitiva, determinó un savoir-faire colectivo que, sobre todo en función de un contexto favorable (y en esto tiene mucho que decir la Unión Europea, como ha sucedido con el céntimo sanitario), puede devolver la presión al gobierno y ganar terreno, aunque sea de una forma atomizada, con un cierto tono de “sálvese quien pueda”, desterrada la ilusión de que una voz al unísono de millones pueda tumbar un gobierno.

Para finalizar, mencionar que no era este artículo en ningún caso un intento de aportar ningún análisis innovador ni “solución” más allá de las que ya se han repetido hasta la saciedad por parte de los experto en la materia, pero sí una constatación de que no conviene perder la perspectiva para evitar caer en la frustración del muro de ladrillos gubernamental, y con ello, en la idiotez.

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4 Responses to ¿Un país de idiotas?

  1. Estarico says:

    En noviembre publiqué este artículo de opinión en España, con un nombre similar. http://elpuertoactualidad.es/?p=71033

  2. Pingback: Muera la Inteligencia | Manifestaciones ilegales y unicornios

  3. Un pais donde se preocupan mas por cosas sin sentido que por los verdaderos problemas de su poblacion

  4. barechu warren says:

    la capital de españa ya muestra el tipo de clase burguesa que tenemos, si es que hasta los ricos de españa no tienen ni el graduado

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