Cuentos de terror

Published On 21/10/2013 | By Mara S. Aginaga | Crónica, Opinión

Hace algún tiempo escuché una historia en el metro, de refilón, de boca de un hombre que se lo contaba a una conocida. La historia me espeluznó de tal manera que durante días debatí conmigo misma sobre si contarla o no. Durante algo más de un año quedó dormida en la profundidad de mi subconsciente esperando el momento indicado de aflorar. Y hoy ha sido ese momento, como una explosión la indignación ha lavado todas mis dudas y temores infundados. Y es que hoy he oído otra historia. Puede que menos espeluznante, pero igualmente trágica, una que me ha tocado de cerca la fibra más sensible de mi conciencia humana. Un despertador que me ha sacado de mi cómodo sopor y me trae aquí en calidad de cuentacuentos. A poner voz a aquellos que no la tienen.

Estas historias sucedieron aquí mismo. Podría haber sido vuestro vecino de al lado o el perro que veis paseando en el parque. Podríais haber estado al lado y no haberlo visto. No haber querido verlo. Como yo. Como tantos otros.

Era un agradable día de verano, caluroso y soleado, de esos en los que nunca esperas que vaya a suceder algo malo. Cuando me monté en el metro rumbo a la playa lo último que podía esperar es que las palabras fortuitas de un desconocido fueran a tambalear mis cimientos.

Era un hombre de mediana edad que se sentaba en el asiento de al lado y charlaba con una conocida. De su conversación deduje que probablemente era pintor de brocha gorda. Contaba una anécdota laboral a modo de curiosidad con tintes de protesta, pero en su tono de voz no se reflejaba ni por asomo el creciente horror que despertaron en mí sus palabras.

La cuestión iba más o menos así (tanto como pude enterarme escuchando a hurtadillas y con las nubes que mi agujereada memoria ha esparcido sobre los detalles): el hombre fue a trabajar a un apartamento. El propietario se había mudado y el piso había quedado en manos de un tercero que quería hacerle un lavado de cara antes de venderlo. Así que allí fue el pintor con toda su buena voluntad a un día cualquiera de trabajo. No podía esperar lo que se iba a encontrar.

Primero, el olor a muerte y putrefacción que le golpeó en la cara cuando abrió la puerta.

Segundo, el cadáver de un pastor alemán descomponiéndose en el suelo.

Tercero, los arañazos en la puerta que indicaban que el animal desesperado había tratado de huir de su prisión, de su muerte segura, hasta el último momento.

Hambre. Sed. Dolor. Desesperación. Encierro. Muerte.

¿Cómo se debió de sentir este animal encerrado sin poder salir mientras esperaba su muerte? ¿Cómo gritó pidiendo ayuda sin que nadie acudiera en su auxilio? ¿Cuál fue su último pensamiento para el dueño que le había abandonado, para el hogar que se había tornado en tumba?

El horror me inunda, me roba las palabras, no hay forma de explicar lo que esta historia suscita. Y ocurrió aquí al lado. Podría haber sido nuestro vecino o el perro que vi ayer en el parque. Las preguntas atraviesan mi mente como dardos desatados. ¿Cómo es capaz un ser humano de abandonar a otro a su propia muerte? Y a una muerte tan cruel, tan cobarde. ¿Cómo fue que ningún vecino acudió en ayuda del animal al escuchar sus alaridos y arañazos desesperados? Porque tened por seguro que el perro cayó pero no lo hizo en silencio. ¿Es posible que nadie lo oyera? ¿O es posible que todos fingieran no oírlo? ¿Y cómo es posible que esto suceda en nuestra sociedad civilizada? ¿Se tomó algún tipo de medida legal? ¿Se investigó? ¿Se penalizó a los responsables?

O se encogieron de hombros y dijeron: “Ay, qué pena. Limpia este desastre y pinta el piso para que no quede ni rastro de lo que ha pasado”.

Me temo que no lo sé. Me temo que nunca lo sabré. Me temo que solo puedo horrorizarme y compartir mi horror y esperar que al menos cale en alguno de vosotros. Todas esas preguntas sin respuesta que en primer lugar nunca debieron de haber existido.

Y eso me lleva a mi siguiente historia, la de un perro llamado Sam.

Sam era un perro grande que fue adoptado por una familia con una casa grande y un jardín aun mayor. La familia tenía dinero y tenía clase pero no tenía algo básico: respeto hacia la vida. Sam para ellos no era un perro, no era un ser vivo, era poco menos que un animal, un guardián para el jardín, un trabajador que ni siquiera cobraba el salario mínimo. Sam creció sin conocer el amor, no sabía ni su propio nombre, nunca había salido de paseo más que las escapadas que hacía él mismo por el vecindario. Nunca nadie había jugado con él, no sabía lo que era una pelota ni una caricia y todo el contacto con sus dueños humanos se limitaba a recibir comida y bebida, pienso y agua, y ni siquiera todos los días. Porque su familia viajaba mucho, a menudo pasaban temporadas fuera de casa, y Sam se quedaba solo cuidando de su jardín como buen guardián que era con la sola compañía de un cuenco de comida que disminuía con cada día que pasaba. Esos días Sam dependía de la buena voluntad de otros familiares que venían a cuidar de él y alimentarlo, aunque no siempre conseguían sacar tiempo de su apretada agenda. O no siempre se les informaba de que el perro se iba a quedar solo. Así que Sam tenía que buscarse la vida, si tenía hambre se escurría a la casa del vecino y le robaba la comida del cuenco a su perro.

Pese a todo Sam creció para ser un perro apacible, nunca molestaba a un ser humano, y aunque no conocía las órdenes básicas, porque nadie se había tomado el tiempo de enseñárselas, sabía cuál era su sitio. Tenía una lengua tan grande que bastaba para babear la cara entera de un adulto de un solo lengüetazo, siempre la llevaba colgando de forma cómica y se servía de ella para engullir la comida. Era, en resumen, un perro encantador; que pese a que imponía por su gran tamaño se ganaba el cariño con su tranquilidad innata. De haber conocido el amor de una familia, de haber recibido educación, hubiera sido una mascota excelente. Probablemente un compañero inolvidable.

Pero Sam nunca tuvo esa oportunidad. Un día cuando fue a robar comida al perro vecino, pelearon y lo dejó tan mal parado que los dueños exigieron una indemnización substanciosa. ¿Creéis que su familia se puso a pensar por qué el perro robaba comida? Si tenía hambre o no tenía educación, que nadie se había parado a llamarlo por su nombre y enseñarle lo que era y no era adecuado. Por supuesto que no. En lugar de eso solo se horrorizaron debidamente ante semejante despropósito y lo sacrificaron. Así Sam murió sin conocer su nombre, ni el amor, ni el calor de una familia, ni cuál era su pecado, tan grave para merecer la muerte. Sin un juicio, siendo su propio padre su verdugo.

Sam no fue una mascota, ni siquiera fue un animal, Sam fue poco menos que un objeto útil al que echaron a la basura una vez perdió su utilidad o dio un problema. Me acongoja pensar que hay gente que quiere y cuida más a sus vaqueros favoritos de lo que nadie quiso y cuidó nunca a Sam. Me aterra aún más la certidumbre de que esa misma familia volverá a adoptar a otro perro para que sea el guarda de seguridad de su mansión y que otro animal correrá la misma suerte que Sam, o incluso peor. Y me supera la idea de que Sam no es un caso aislado, de que muchos otros perros, y animales, sufren el maltrato, el abuso y la dejadez humana en nuestro medio al que hipócritamente llamamos civilizado. Animales que no son seres vivos sino objetos, juguetes, armas, guardianes, cuya expectativa de vida es la de su propia utilidad.

¿Debemos permitir que esto suceda? ¿Qué la historia de Sam y ese pastor alemán anónimo se repitan una y otra vez? Hay horrores que se hacen eco pero muchos otros que no y a estas alturas ya conocemos todos los tipos de maltrato. No solo físico, la dejadez, el abandono también es una forma de abuso. Personas como éstas que volverán a tener mascota, que volverán a tratarla de la misma manera… ¿no podemos ponerles un stop? Regular una adopción adecuada, velar por el buen trato del animal, alzar la voz de alarma. En vez de sentarnos cómodamente y cerrar los ojos a todos los gritos de auxilio y todos los Sam que se van de este mundo solo habiendo conocido el egoísmo humano.

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