Ni muy muy, ni tan tan: la polarización del cine mexicano de exportación

Published On 15/10/2013 | By Camila Cienfuegos | Opinión

Se me ocurrió lanzar la pregunta siguiente a varias personas que viven fuera de México: ¿qué es lo primero que piensa un extranjero, o, más en particular, un europeo cuando se le habla de México? Las respuestas fueron, he de decir, no tan sorpresivas: narcotráfico, terrorismo, playas, fiesta, tequila, sombreros, violencia, corrupción. La verdad es que no los culpo.

Es muy sabido que los medios internacionales (y también algunos nacionales) nos han creado una fama de infierno en la tierra, como si hubiese balazos en cada esquina y como si la guerra se viviera justo fuera de casa. Esto es parcialmente verdad. Es cierto que vivimos un clima político y social súper turbulento; para ejemplificar: en el último sexenio se le declaró la guerra al narcotráfico, misma que ha causado alrededor de 70.000 muertos, según cifras oficiales. Oficiales, sí señor. Las reales —o sea, las que se filtran por ahí— dicen que van más de 100.000.  Así que es cierto, sí somos un infiernito a medias, pero tampoco tanto.

La otra cara del México mundialmente conocida tiene que ver más con springbreak, con drogas baratísimas en Tijuana y demás ciudades fronterizas, con playas maravillosas donde hay muchísimas rubias en topless y en las que se vende cerveza a precios muy bajos y a gente de todas las edades. Esto, también, es parcialmente cierto. Somos el antro de muchos países, en particular de nuestros amados/odiados vecinos los Estados Unidos; y mucha gente se beneficia de ello, incluidos nosotros.

Vengo aquí con la intención de hacer una afirmación atrevida: también existe un punto medio. Ni todos somos narcos asesinos, ni todos somos gringos borrachos bailando en el Caribe. Muchos de nosotros somos gente normal, con problemas típicos de la cotidianeidad y con aflicciones y alegrías triviales, justo como el resto del mundo. No voy a mentir: yo no pertenezco a la clase media —aunque mis preocupaciones usuales sí son bastante normales—, y sería hipócrita de mi parte reconocerme como clase popular; pero lo que sí es verdad, es que la clase media, por estrecha y cuasi-mitológica que sea, existe. No nada más existe, si no que en cierto sentido es la que le da sabor y pies para caminar a este país.

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Ahora, me parece que no sólo los medios y la prensa son culpables de estas imágenes polarizadas que se tienen de México. Creo que, en gran medida, el cine que exportamos tiene muchísima parte de la culpa. Pongo como ejemplo dos películas que han dado mucho de qué hablar a varios niveles recientemente: Heli, de Amat Escalante; y No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez. La primera habla de lo que han tratado todas las películas mexicanas aclamadas durante los últimos diez años: el enorme problema del narcotráfico. Es una visión muy intimista, muy objetiva, y a la vez muy real de cómo se vive esta cuestión desde la óptica de un joven. Por otro lado, la película de Derbez habla de lo bello que es Acapulco y de lo “nacos pero chambeadores” —N. del T.: ordinarios pero trabajadores—, que somos los mexicanos. Se trata de un playboy tropical al que un día se le van las cabras y embaraza sin querer a una turista estadounidense. Es todo. Ambas han dado muchísimo de qué hablar por alguna u otra cosa, ambas han viajado al extranjero y ambas nos han representado fuera de México.

Mis preguntas, entonces, son las siguientes: ¿qué pasó con el cine que habla de temas de gente común y corriente? ¿Es necesario siempre utilizar recursos y temáticas que nos definen como una sociedad donde hay mucho peligro pero mucha fiesta? A mí me parece maravilloso que haya cine de denuncia y de comedia, ambos contribuyen a la oferta cultural y cumplen funciones distintas, eso hay que dejarlo claro. Lo que no me parece tan maravilloso es que siempre se denuncien las mismas cosas y que siempre nos riamos de las mismas cosas. Claro que es chistoso un mexicano perdido en Estados Unidos que además no sabe hablar inglés, pero fue más chistoso las primeras seiscientas veces que se habló de ello. Lo mismo pasa con los narcos. Ya entendimos que hay un problema, ya sabemos que hay inseguridad y asesinatos a granel. Lo que cada quien haga con esto ya es una cuestión personal.

Mi queja principal es la aparente incapacidad de algunos cineastas mexicanos de abandonar de una vez estas líneas argumentales. Y no es sólo el hecho de que muchos ya estamos hartos de que, cada vez que vemos una película nacional, de antemano sepamos que se va a tratar de narcos y pistolas, o de burlitas simplonas sobre nuestra mexicanidad; sino que, además, la imagen que se proyecta hacia el exterior es la que mencioné al principio, es fiesta loca y playa o es matanza y sangre. Somos mucho, muchísimo más que esto, y parece que las casas cinematográficas o no quieren verlo o simplemente les da flojera pensarle un poquito. Una de las cosas más bonitas del cine es poder identificarse con lo que sucede en pantalla, y si bien me duele ver que estamos jodidos, también me gustaría poder identificarme a otros niveles, no nada más con la borrachera o con las ganas de protestar. El cine también forja una identidad nacional y ciertas pautas de sentido que seguimos de manera inconsciente, pero tampoco hay que exagerar. Una película de estas, si se llevara a otra locación, no sería lo mismo. ¿Cómo quedaría una historia sobre narcotráfico y militares en Suiza? Exacto. Sin embargo, una película más sencilla, digamos, una comedia romántica light, puede suceder en cualquier parte: no depende del contexto geográfico para desarrollarse, al contrario del cine que se produce en México.

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Concluyendo, “mis peticiones” son las siguientes: un cine que no le abone a la idea cliché de México que se tiene en el extranjero, y un cine que hable de temas contemporáneos. En realidad no es complicado, Fernando Eimbcke lo acaba de hacer con Club Sandwich, película que narra la historia de un adolescente y su madre, que además se ganó la Concha de Plata en el Zinemaldia de este año;  lo han hecho también grandes como Alfonso Cuarón con Y tu mamá también, que fue aclamadísima y narra la vida normal de personas normales sin dejar de lado las particularidades de nuestra cultura; o la misma Amores perros, de Iñárritu y Arriaga, que habla circunstancialmente del tema de la violencia, pero sin girar en torno a ello únicamente. Además de sencillo, entonces, da resultados. ¿Qué más necesitan, productoras aztecas? ¿No se podrán volver a hacer películas que hablen de la vida diaria?

A los foráneos que sé que están leyendo esto, les pido perdón en nombre de mi país por la imagen que proyectamos hacia afuera. Los invito también a que se den una vuelta por acá —o que busquen otro tipo de películas mexicanas— y vean que ni somos todo balazos, ni somos todo farra. México tiene muchísimas cosas más que presumir y que mostrarle al mundo, aunque el cine que exportamos se empeñe en decir lo contrario.

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About The Author

21 años // México // Políticamente incorrecta // Fan del arrabal, los pasteles y los zurdos.

2 Responses to Ni muy muy, ni tan tan: la polarización del cine mexicano de exportación

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  2. Ot says:

    No, pues no es comercialmente viable. Un matemático mixteco que estudia su doctorado en Guanajuato en modelos de la polinización es algo que simplemente no existe para productora alguna, a menos que sea retrato de alguna forma de racismo (que lo hay, ciertamente, pero que creo yo que en modo alguno ha determinado su vida).

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