La lucha minera tiene rostro de mujer

Published On 04/09/2013 | By Maje M. S. | Reportaje

Laura Gutiérrez. 44 años. Esposa, hija y nieta de mineros. Natural de Llombera de Gordón, pero residente en La Robla. Una de las más activas en el grupo.

Silvia Magaña. 35 años. Natural de Mieres (concretamente del Pozo Polio, al pasar la frontera provincial, ya en Asturias). Hija, nieta y sobrina de mineros. Defiende el pan de su hija.

Zaira Viñuela. 14 años. Es la única hija de Silvia. Su padre biológico es minero. Su abuelo y bisabuelo también lo fueron.

María Jesús Martínez. 54 años. Madre de Silvia, abuela de Zaira. Hija, hermana, sobrina y ex mujer de mineros. “No quiero que se mueran las cuencas”.

Esther. 34 años. Su abuelo, de Málaga, fue de los primeros andaluces en venir a las minas leonesas en los años 50. “Ojalá pudiese morir en Ciñera, pero no pasará”.

Mari Cruz Álvarez. 53 años. “De Ciñera de Gordón de toda la vida”. La situación personal de Mari Cruz la hará hablar poco, pero ha sacado el tiempo para venir.

Fonsi Sevilla. 48 años. Esposa de minero ya prejubilado. Natural de La Robla y residente en Ciñera desde hace más de 20 años.

Silvia Muñiz. 18 años. Hija de Fonsi. Sus estudios los ha realizado en institutos de la zona (para hacer Bachillerato hay que cambiar de municipio), pero si quiere seguir formándose, tendrá que irse a León capital.

Pilar Mata, 71 años. Esposa, nuera y madre de mineros. Es la más mayor de la asociación que han formado. Perdió a un hijo en la mina.

Estas nueve mujeres (por no decir mujeronas) son la cara de la lucha minera desde hace más de un año. Hijas, nietas, sobrinas, esposas… Su día a día lleva atado a los pozos desde que pusieran un pie en este mundo. Una forma de vida ligada desde siempre a las subvenciones, siempre pendiendo de un hilo. Ahora ese hilo es más endeble que nunca. Con la reducción de las ayudas al sector minero y una reconversión de las cuencas que aún no ha visto la luz, luchan por mantener su sustento: la subvencionada extracción del carbón, que es lo que, de una forma u otra les da de comer. La asociación que conforman tiene casi 30 suscritas, pero estas son las más habituales en los “fregaos”, como dicen.

Un bar con acceso desde la carretera da paso a una terraza al borde del río Bernesga. Al fresco de la tarde veraniega leonesa se reúnen estas mujeres. Ellas: Laura, Mari Cruz, Esther, Fonsi, Silvia (madre e hija), María Jesús, Silvia, Zaira (abuela, madre e hija) y Pilar. Comentan, hablando varias a la vez, las anécdotas de la marcha a Madrid del 13 de julio, cuando al llegar a Rivas para emprender el camino que las llevaría hasta Vallecas descubrieron que la Subdelegación del Gobierno había cambiado su recorrido. El arduo camino bajo el sol de verano transcurriría por la Cañada Real.

Me reúno con ellas apenas una semana después de esta marcha. Las conversaciones todavía giran en torno a ello. Siguen indignadas por ese cambio en la ruta. Aseguran que les mandaron “por medio del desierto”, solo con la compañía de un coche de la Guardia Civil, y que tuvieron que abrir la verja para poder incorporarse a la carretera una vez se hubo acabado el recorrido por la Cañada, donde ya se vinieron varias “lecheras” para custodiar sus pasos. Sus voces aún resuenan emocionadas cuando corean “¡¡Civilización, civilización!!”, tal y como debieron hacerlo aquel mediodía de sábado al dejar atrás aquel árido camino por el que les mandó la Subdelegación del Gobierno de Madrid y empezaron a atisbar los primeros edificios.

Esas voces se entremezclan con las risas pero sus ojos muestran el cansancio, ya no solo físico, que supone su lucha, que no deja de caer en balde una y otra vez. Es cierto que la población madrileña las acogió como si fuesen heroínas (para muchos, en efecto, lo son). Varias de ellas comentan a lo largo de la tarde la anécdota de una señora que les dejó las llaves de su casa en Vallecas para que se fuesen a asear si así lo deseaban. Pero los políticos no las reciben con igual cariño. Ya las echaron del Senado el verano pasado por gritar y cantar insignias contra el cierre de las minas. Sin embargo, me dirán qué les queda a estas mujeres si no es gritar y patalear, porque la vida se la están arrancando de las manos desde hace mucho tiempo.

Se quejan de la falta de apoyo también entre los propios habitantes de Ciñera. Les frustra (no es para menos) que cuando ya se están haciendo efectivos los despidos y las cuencas están heridas de muerte, desangrándose poco a poco, haya quien, no solo elija no protestar, sino que les critique por sus acciones reivindicativas. Como si hubiese quien, aún, no ha comprendido que tienen todo, absolutamente todo, por perder. También agradecen infinitamente el apoyo madrileño y el de sus propias familias día a día.

Algunas de ellas tienen vidas atrapadas allí abajo, sin despedida alguna: la mina les ha arrebatado a un ser querido. Es el caso de Pilar Mata Montes, Pili para los más cercanos. Cuenta a sus espaldas con 71 años de vida en Ciñera de Gordón. Es la más mayor del grupo y, por cómo lo cuentan sus compañeras, se hizo la marcha Rivas-Vallecas-Sol como quien baja la basura. Pili lucha para que no desaparezca su modo de vida, sí, pero también lucha por su hijo pequeño. La mina se cobró su vida cuando apenas pasaba los 20 años.

Mientras hablamos del 13 de julio, se emociona y rompe a llorar discretamente, bajando la cabeza para que no se note, aunque su repentino silencio da cuenta de que algo le ocurre. Cuando se da cuenta de esto, Laura interrumpe lo que me estaba contando y se levanta a abrazarla. No es la primera vez que le pasa; cuando entonan el himno minero por excelencia, “Santa Bárbara bendita” (también conocido como “En el pozu María Luisa”), tampoco puede contener las lágrimas. Se aferra a la batalla con uñas y dientes. “Lucho por él también”, susurra con la voz temblorosa, mientras se seca las lágrimas con una mano y mi cámara reposa en mi regazo, incapaz de levantarla y romper el ambiente de quietud que respiramos en estos momentos.

Y si Pili es toda una luchadora y la miembro más longeva del grupo, mi hermana Silvia es la más joven que acudió a esa marcha. A sus 18 años casi recién cumplidos, siempre que su horario de estudiante se lo permite, no se pierde una manifestación. Ahora que han desaparecido las becas de la fundación Miner su futuro académico depende íntegramente de la pensión de mi padre, ya prejubilado, que también paga mi vida y estudios fuera de casa. Mi madre (Fonsi) tampoco se pierde una si puede evitarlo. Comentan que mañana les han avisado para un homenaje al fotoperiodista de El Diario de León que falleció hace unas semanas, pero ella dice que teniéndome en casa, en esta ocasión, prescindirá de acudir. Que para una vez que me tiene allí no va a andar de jarana.

Han estado en Mieres, León, Salamanca, Valladolid, Madrid… Pitan contra el caso Bárcenas, la crisis general del país, pero siempre enfundadas en sus camisetas mineras, a veces también portando cascos que han decorado individualmente. Allá donde van reciben, al menos, alguna palabra de ánimo. Y se emocionan todas y lloran a lágrima viva, porque la situación no es para menos. Relatan, ahora ya entre risas, cómo muchas salen secándose las lágrimas en las fotos de la marcha en Madrid. Otras, bebiendo agua para no deshidratarse bajo el sol de justicia madrileño y los kilómetros andados y por andar.

Que no todo son lágrimas, claro. Entre ellas han encontrado el consuelo que, tal vez, llevaban tiempo buscando. La parte de las penas que alivia siempre la risa, un abrazo y algo de compañía. Cuentan con gracia cómo, durante el tramo por la Cañada, una de ellas se quedó al final del pelotón, caminando a paso de marcha fúnebre para que la Guardia Civil, que iba detrás, tuviese que ir despacio, muy despacio. Hasta que el coche se les caló. Un consuelo tonto para un breve momento. La guerra tal vez la pierdan, pero han dejado un buen legado de batallas ganadas.

Esta lucha, sin duda, ha sido librada por batallones femeninos. Por féminas que si bien no han pisado la mina en su vida, le echan más valor que otros que llevan años picando carbón y ahora se han visto en el paro, achaques del tajo encima y sin posibilidad de encontrar otro curro. Ni siquiera tienen muchas de ellas familia en activo en estos momentos. Quieren hacer entender al mundo una premisa básica: si se cierran las minas se acaba su vida, porque no se trata solo de los empleos directos que genera en la zona la Hullera Vasco-Leonesa, la empresa privada de la que dependen en Gordón. El colegio, el supermercado, los bares, la farmacia… Todos ellos se encontrarían sin usuarios ni clientes si quienes están en activo se quedan en el paro. Una situación de desempleo difícil de resarcir, ya no solo por el panorama actual de tasa de parados (que también) sino por la única presencia en su currículum de la experiencia laboral de la extracción del carbón. ¿A dónde se va con algo así y una forma física machacada a base de respirar polvo donde la silicosis es tan habitual como un resfriado invernal? ¿Pueden ahora entender el porqué de su frustración, de no querer quedarse de brazos cruzados?

Desde el bar en el que estamos, a un lado del río Bernesga, se ve la piscina del pueblo. Al vernos en la terraza, desde la otra orilla, Esther se acerca a las vallas. Alguna se levanta a darle cuatro voces y verla en bikini les recuerda que bastantes de ellas iban de esa guisa por el camino hasta Madrid porque a más de 30ºC bajo la solana, sobraba de todo, mucho más una camiseta negra. Al poco rato, ya vestida y disculpándose por haberse olvidado de la cita, se une un rato a nosotras, dejando a su hija entretenida en la piscina, ahora que todavía hace bueno para unos bañitos. La reciben con vítores y bromas. Ya son toda una pandilla.

Un testigo más de una mujer que ha visto prosperar primero y hundirse después el pueblo que, a su vez, vio crecer a quien escribe estas líneas. Ciñera, una localidad a unos 40 kilómetros al norte de León en dirección a Asturias por la N-630, la Vía de la Plata. Situada en un valle que la coloca en una posición paisajística envidiable, principalmente en invierno. Tan envidiable como peligrosas sus carreteras en invierno, cuando las curvas se cubren de nieve y hielo. O como esas presuntas sustanciosas prejubilaciones que muchos critican sin saber.

Por aclarar unas cosas con respecto al temita de marras: los mineros cotizan algo más durante los años que trabajan. También tienen una esperanza de vida menor, provocada por las duras condiciones físicas a las que someten su cuerpo mientras están bajo tierra una media de ocho horas al día, en turnos rotatorios de mañana, tarde y noche. Un cuerpo al que a pocos esfuerzos pueden someter a partir de los 40 y pocos años. Los más suertudos son aquellos que terminan su vida laboral sin lesiones graves, que no es el caso, por ejemplo, de mi padre, a quien le cayó sobre la pierna una piedra casi del tamaño de esta. Los problemas respiratorios son los más comunes: la minería encabeza las listas de profesiones con riesgo de silicosis y neomoconiosis, por delante de las canteras, los trabajos en seco, de trituración, tamizado y manipulación de minerales o la industria siderometalúrgica.

La silicosis es una enfermedad pulmonar causada por la inhalación y depósito de partículas de sílice cristalina. Los enfermos sufren dificultades respiratorias y tos fuerte, que puede llegar a derivar en cáncer pulmonar. Y los pulmones petrificados no hay subvención que los arregle.

El verano de 2012, cuando los mineros retomaron los cortes de carretera con neumáticos ardiendo, al más puro estilo de la huelga de 1991 y, antes que esa, las huelgas de los años 60, muchos se lanzaron a la crítica fácil. Que si los cochazos de los hijos de los prejubilados, que si las pensiones de más de 2,000 euros… Ni son de semejante cuantía ni muchos las reciben actualmente cada mes. Ya ha habido atrasos en los pagos de las nóminas de los prejubilados, igual que hay demoras de meses y meses en los pagos de los trabajadores, aunque ya no sean los protagonistas de la lucha.

Esta guerra la ejecuta la clase obrera contra las empresas (públicas y privadas), contra el Gobierno y contra Bruselas. El combate no podría ser más desigual. Las promesas de reconversión y creación de empleo alternativo se han quedado para hacer una secuela musical de aquel “Promesas que no valen nada” a la rasgada voz de Iván Ferreiro.

Hasta entonces, ellas son la cara de las cuencas. Sus tardes de manifestaciones son reivindicativas, pero también están plagadas de camaradería, de unión. Basta con verlas juntas, incluso con cómo hablan del sector bable, con quien se comunican principalmente vía Facebook y a las que ven en concentraciones de mayor calibre, como las dos ocasiones en que han ido a Madrid. Pero cuando vuelven a casa la situación actual es menos acogedora, más devastadora. El colegio público de Ciñera contaba en el curso 2012-2013 con treinta alumnos matriculados para cursos desde Infantil hasta 6º de Primaria. Les juntan por ciclos para poder tener el número mínimo de niños por aula. Lo único que permanece prácticamente inalterable son los bares, para los que siempre hay clientela, por muchos impagos salariales que se produzcan.

La tarde va tocando sus últimos suspiros a golpe de las campanas de la iglesia, que marcan las siete. El sol hace un rato que se ha ocultado tras la montaña y la temperatura ha descendido lo justo para que solo lo note quien se ha deshabituado al clima de esta zona. Aunque seguirá siendo de día hasta dentro de unas horas, el frío va haciendo acto de presencia. Casi una premonición.

Ciñera de Gordón (León)

Fotografía: Maje Muñiz.

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Estudiante de Periodismo. Cuando me quedo sin palabras, intento expresarme con fotografías. Desastre y curiosa por naturaleza.

5 Responses to La lucha minera tiene rostro de mujer

  1. Zana says:

    Me ha gustado mucho tu artículo. Creo que se merecen un reconocimiento “popular” (del Pueblo, no del partido que va a cerrar las minas, que enseguida se apunta) . Forman parte de la lucha y eso, desde el punto de vista de quienes todo lo hemos conseguido luchando, es lo más grande que se puede decir de ellas. Enhorabuena a ti por el artículo y salud, fuerza y suerte para todas.

    • Maje says:

      Muchas gracias, Zana.

      No podía no dedicarlas unas palabras, sobre todo después de cómo se dejaron la piel (y los pies) en la marcha a Madrid.

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