San Marcial, 31 de agosto de 1813: día de cañones y bayonetas

Published On 31/08/2013 | By Jokin Babaze Aizpurua | Divulgación, Historia

31 de agosto, 1813. Donostia se quema. Todos lo recordamos por la gran cantidad de actos de homenaje que se han organizado en torno a este dramático suceso. Sin embargo, ese mismo día a unos pocos kilómetros, tiene lugar otro hecho que es, como mínimo, igualmente trascendente: la batalla de San Marcial, la última contienda de la Guerra de la Independencia en territorio español.

Un par de pequeños incisos antes de entrar a hablar de la batalla de San Marcial, que se representa en el cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau que podemos ver arriba, creado para el bicentenario por encargo del Ministerio de Defensa, y que se puede ver actualmente expuesto en el museo Oiasso de Irun.

Cuando los franceses cruzaron el Bidasoa en 1807, fueron recibidos con gran alegría por la población, porque, además de ayudar a España en su guerra contra el Reino Unido y Portugal, corría el rumor de que venían a echar del poder a Manuel Godoy, que era el odiado primer ministro de Carlos IV. Sin embargo, los rigores de la ocupación supusieron un gran desgaste para el apoyo popular a la causa napoleónica, debido a la política del Emperador de exigir que sus ejércitos vivieran sobre el terreno, es decir, que sacaran su sustento y abrigo del lugar donde estuvieran en cada momento, lo que obligaba a la población civil bien a soportar enormes impuestos para hacer frente a los gastos de mantenimiento de los franceses, bien a tener que soportar el saqueo de los soldados. A medida que la ocupación y la guerra se prolongan, las simpatías francesas van desapareciendo, y de hecho para 1812 en la actual Comunidad Autónoma del País Vasco prácticamente no existen, y de hecho se constata una clara animadversión a las tropas napoleónicas. Por ello, la expulsión de los franceses es tomada como una liberación también por los vascos, como lo demuestra el hecho de la existencia de varios batallones compuestos por voluntarios vascos en San Marcial.

Desde el punto de vista militar, debemos hacernos una pequeña idea de cómo son los ejércitos de la época. El ejército español es un ejército anticuado, propio del antiguo régimen, en el que los mandos no tienen experiencia en el mando conjunto de grandes ejércitos. Además, el ejército profesional desaparece en los años 1808-1809, y las tropas que llevan el peso de la guerra desde ese momento están compuestas por soldados recién reclutados, de modo que no tienen instrucción suficiente y no existe la cohesión de unidad propia de las unidades militares más veteranas. Los españoles no tienen medios económicos para dotar a sus ejércitos, y el ejército español vive en la más absoluta miseria: no tiene herramientas adecuadas, no tiene uniformes… muchos días los soldados ni siquiera comen, y algunos días llegan incluso a comer comida podrida. Ahora bien, victorias como la de Bailén o Balmaseda demostraron que las tropas españolas eran peligrosas si se les ponía a las órdenes de un mando competente.

El ejército británico es por el contrario un ejército totalmente profesional, perfectamente equipado y mantenido mediante unas líneas de abastecimiento que lleva cuanto necesiten desde Lisboa hasta cualquier punto de la península.

Caballeria WellingtonLa caballería escocesa de Wellington, cargando en Waterloo

El ejército de Napoleón es también un ejército profesional y moderno, aunque por las perdidas que tiene al comienzo de la guerra, se ve obligado a reclutar tropas sin apenas instrucción. Además, hay que destacar que Napoleón no consiguió reclutar grandes ejércitos en España, de modo que se vio obligado a traerlos desde fuera. Sea como fuere, Napoleón sigue contando en sus ejércitos con las que eran la mejor artillería y caballería de la época, si bien estas últimas servían de poco en montaña.

Por otro lado, sería bueno recordar que con carácter general las armas de fuego de la época solo alcanzaban unos 100 metros (se solía decir que el momento de disparar era cuando se veía el blanco de los ojos del enemigo), era totalmente inútil apuntar, porque el proyectil salía para cualquier sitio. Por eso, la única forma de hacerle frente al enemigo con armas de fuego era concentrando un gran número de soldados en un mismo sitio, y dispararle al enemigo con la esperanza de causar el mayor número de bajas posible. Además, cargar las armas costaba su tiempo, y no siempre disparaban correctamente, por lo que era bastante común que los combates se terminaran decidiendo en el cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada.

Pues bien, tras la batalla de Vitoria, que tuvo lugar el 21 de junio de 1813, las tropas de Wellington avanzaron hacia la frontera, entrando Wellington en Irun el 30 de junio. En principio, los franceses habían sido ya prácticamente derrotados, pero aún mantenían varias plazas, como las de San Sebastián y Pamplona, y Wellington se preparó para tomar San Sebastián.

Obviamente, era de esperar que los franceses intentaran romper los sitios de San Sebastian y Pamplona, de modo que se dispuso la defensa de los pasos del Bidasoa. Sin embargo, los franceses se reagruparon antes de lo que se esperaba, y concentraron un ejército de 18.000 soldados en Labourt, al mando del mariscal Soult. Frente a ellos, lo aliados del contingente anglo-español lograron juntar unos 10.000 efectivos.

Cruce del BidasoaCruce del Bidasoa

Soult tenía repartidas sus fuerzas frente a todos los pasos del Bidasoa, sin que Wellington pudiera averiguar por dónde iban a pasar en realidad los franceses, de modo que lo obligo a cubrir todos los pasos. El Cuarto Ejército español, al mando del General Freire, se situó en San Marcial, cubiertos en las laderas de la montaña por obras de ingeniería que dificultaban su acceso. La 1ª división inglesa campaba a las espaldas de Irun con la brigada de Lord Aylmer, recién llegada de Inglaterra, y se colocaron a la vanguardia para apoyar la izquierda de los españoles. A la derecha de San Marcial, se estableció una brigada de portugueses que atendía también el camino de Bera del otro lado del Bidasoa. Como ese camino y los de Lesaka e Iantzi podían servir al enemigo para envolver la posición de San Marcial por la vertiente meridional, es decir, por la Peña de Aya, lord Wellington estableció las brigadas inglesas más a la derecha, desde donde se atendía a interceptarlos y resistir el paso del Bidasoa por Endarlatza y Bera. De ese modo, ingleses, portugueses y españoles se enlazaban para apoyarse mutuamente y constituir una posición difícil de arrebatar e infranqueable. Además, Wellington llamó una brigada que se encontraba en Etxalar para impedir la ocupación del Ayaque, y lo cubrió de reductos y trincheras. Como sabían que D’Erlon estaba sobre Behobia e Irun, Wellignton ordenó que la 7ª división española y la reserva de Andalucía, junto a las divisiones 3ª y 6ª de los ingleses, emprendieran un ataque general por el puerto de Etxalar, Zugarramurdi y Maya, mientras que el general Hill llevaría sus tropas por Alduides y Orreaga hacia Francia, a modo de amenaza.

El 30 de agosto por la tarde, Soult situó gran parte de su artillería en los montes que dominan los pasos próximos a Biriatu y el puente de Behobia. Más abajo, se situaron los españoles afrancesados de la Guardia del rey José Bonaparte, que todavía pertenecían al ejército francés, y que en esta ocasión tenían la misión de evitar el paso de los aliados anglo-españoles en las horas de bajamar y que remontasen el río en la alta las lanchas cañoneras inglesas para estorbar el ataque de los franceses. Aquella noche ya hubo movimiento de tropas, lo que dejó claro a Wellignton que la batalla tendría lugar a la mañana siguiente.

Sobre las 6 de la mañana del 31 de agosto, los franceses, cubiertos por la neblina matinal y la artillería, comienzan a cruzar por varios vados entre Hendaya y Endarlaza. Desde Biriatu se ponen en marcha las divisiones de Macaune y Lamartiniére, que cruzan por los vados de Sokoa, Alunda y Soraburu. Entran con fuerza y se sitúan en el cerro de Irazabal. Aproximadamente a las 9, lanzan un ataque por la pendiente de los Lobos y el barranco de Erkasti para tomar la posición de Saroia, por donde poder rodear San Marcial y envolver la línea española. Pero el terreno accidentado y boscoso, donde los estrechos senderos solo permiten el paso en fila india de la tropa, no es el más adecuado para el estilo de ataque en formación ordenada y compacta que los franceses acostumbraban a usar, de modo que se crea un caos entre las líneas que los defensores aprovechan para hacerles frente a bayoneta calada y así consiguen hacer retroceder a los de Soult hasta la orilla del Bidasoa. Eran aproximadamente las 10 de la mañana.

Tras este primer intento frustrado, los franceses vuelven a la carga. Mientras las tropas que regresan del primer ataque se reorganizan, los ingenieros franceses, bajo la protección de la artillería, comienzan a tender pasarelas por las que a eso de las 11 horas, aprovechando la bajamar, comienzan a pasar dos Brigadas de la Guardia Real de José Bonaparte y un regimiento de reserva de Villatte. Junto a las tropas de Reille, las que han sido rechazadas en el primer ataque, preparan una estrategia de ataque para envolver y retomar Irazabal. Despliegan sus columnas hacia San Marcial y Saroia, y atacan esta posición, obligando a los defensores a comenzar el repliegue. El General Freyre, al mando del Cuarto Ejército español (llamado “de Galicia”), pide ayuda a Wellington y sus tropas inglesas, pero éste se niega, considerando que pueden y deben resistir. En Saroia, el batallón de Voluntarios de Asturias, decidido a conservar la posición, carga a bayoneta y consigue parar el ataque, en una acción en la que muere su coronel así como otros muchos soldados y oficiales. De hecho, solo quedarán ilesos cinco oficiales. Pero consiguen mantener Saroia.

Los franceses redoblan sus esfuerzos y van ganando. De hecho, aunque el fuego del batallón de Oviedo paraliza sus intentos, la Guardia Real llega hasta la ermita de San Marcial, en la cima del monte, y expulsan de la misma a sus defensores. Sin embargo, las tropas españolas consiguen aguantar el envite y, con grandes pérdidas, logran rechazar nuevamente las tropas del mariscal Soult.

Escena de batalla

Para entonces, los franceses oyen claramente el estruendo de los cañones ingleses disparando contra sus compatriotas sitiados en San Sebastián, e intentan un tercer ataque para tratar de llegar a socorrerlos. Esta vez, el ataque se dirige contra las alturas de Portu, que cierran la línea española e impiden el paso hacia San Sebastián. A las 13:00, los hombres de Soult se organizan en tres columnas: una ataca frontalmente Portu para permitir a la segunda flanquear esta posición y atacar la izquierda de San Marcial, y una tercera situada en Irazabal ataca desde la derecha intentando copar entre dos flancos a los defensores.  Viendo esto, Freire concentra sus fuerzas entre Portu, donde espera el primer ataque, y la cima de la montaña de San Marcial. Los franceses se concentran en Portu, y aunque las tropas españolas, con ayuda de la artillería, logran contener la primera oleada, un ataque masivo de la Guardia Real de Bonaparte hace que los napoleónicos puedan ocupar algunas posiciones. La situación llega a ser crítica por el avance de los franceses, y solo la aparición de tres batallones de Voluntarios de Gipuzkoa, que vienen de San Marcial vista la situación, consigue que las tropas españolas puedan arrojar a los franceses monte abajo, hasta el río Bidasoa, a culatazos y a bayoneta calada. A modo de curiosidad histórica, decir que en la batalla sobresaldría por su bravía, y sería condecorado por ello otro oficial vasco: el entonces capitán Tomás de Zumalacárregui.

Tras dicha batalla, los aliados cruzaron el Bidasoa y la guerra continuó al otro lado de los Pirineos hasta que se firmó la paz.

Obviamente, no faltaron las felicitaciones y celebraciones por la victoria, que fueron del estilo de la época.

El General Freire, en el Parte remitido al Gobierno tras la batalla, diría: “No me es posible elogiar el mérito en particular de ningún cuerpo ni individuo, porque sería ofender a los demás, puesto que todos se han portado con igual gloria, y como tal los considero muy acreedores a las consideraciones del Gobierno; debiendo solo hacer presente a V.E que considerando oportuno reforzar la izquierda de la línea, dispuse que viniesen tres batallones de Voluntarios de Guipúzcoa, de nueva creación, al mando del Coronel D. Juan de Ugartemendía, y en efecto lo verificaron, tomaron parte en la última carga de los enemigos, y habiéndose portado con igual valor que los demás”.

El General Wellington, por su parte, emitió la siguiente proclama: “Guerreros del mundo civilizado: aprended a serlo de los individuos del Cuarto Ejercito español que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño; el terror, la arrogancia, la serenidad y la muerte misma, de todo disponen a su arbitrio. Españoles, dedicaos todos a premiar a los infatigables gallegos; distinguidos sean hasta el fin de los siglos por haber llevado su denuedo y bizarría a donde solo ellos mismo se podrían exceder, si acaso es posible. Nación española: la sangre vertida de tantos Cides victoriosos, 18.000 enemigos con una numerosa artillería desaparecieron como el humo para que no nos ofendan jamás. Franceses, huid pues o pedid que os dictemos leyes, porque el Cuarto Ejercito va detrás de vosotros y de vuestros caudillos a enseñarles a ser soldados”.

En octubre de 1814 se creó una cruz de distinción de la batalla para distinguir a todos los soldados, jefes y oficiales que se hallaron en la batalla, que el Ayuntamiento y el clero de Irun solicitó que se colocara en la imagen de San Marcial. El General Freire, cuando se enteró de esto, donó la Cruz para el santo, que fue colocado en un acto solemne el 30 de junio de 1815, festividad de San Marcial.

Acto de inauguración del monolito en el homenaje del Centenario de la batalla

Cien años más tarde de la batalla, con el ambiente bélico y el odio a los franceses debidamente aparcados, se celebró el centenario de la batalla con un homenaje a todas las personas caídas aquel día. En concreto, se hicieron 3 días de celebraciones sufragados con dinero recibido por el Gobierno y la Provincia, que contó con la presencia de autoridades militares y civiles, españolas y francesas, y en el que se erigió un obelisco que lleva una placa en la que se puede leer: “A los heroicos soldados de los ejércitos español y francés que combatieron en defensa de su patria y cumplimiento de su deber, en la memorable y gloriosa batalla de San Marcial. Dedica este recuerdo, el día del centenario de tan señalado hecho de armas, el Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad de Irun en prueba de admiración y como testimonio de amor y fraternidad entre dos naciones hermanas”.

Y es que no hay que olvidar que la batalla causó algo más de 600 muertos y 2000 heridos entre ambos bandos, directamente en la acción militar. Esto sin contar los soldados que fallecieron más tarde por las complicaciones derivadas de las heridas de la batalla. Además, tras la contienda, el ejército español, que había llegado sin provisiones, ni una tienda de campaña o un abrigo contra las inclemencias del tiempo se quedó por la zona y ello supuso un deterioro en la salubridad en la zona. Esto, sumado al lamentable estado en que había quedado Irun tras el paso durante la guerra de quinientos mil soldados franceses de infantería, setenta y nueve mil de caballería, dos trenes de quinientas piezas de artillería y cinco mil cuatrocientos furgones, bien pudo ser el origen de la epidemia que se menciona en un acta de noviembre de 1813, y de acuerdo a lo que dice Adrian Llorente, investigador del Museo Vasco de Historia de la Medicina, en su libro Epidemias de tifus en San Sebastian (1813-1814), todavía sin publicar, no debió ser sino un tifus epidémico contagiado por los piojos de las ropas. La sobremortalidad había empezado en julio y se mantuvo hasta mayo de 1814.

Parafraseando a Gonzalo Serrats Urrechua, terminaré diciendo que si cualquier lector ve en las líneas precedentes cualquier tipo de exaltación de lo militar, la idea que quiero transmitir no está bien transmitida. Si bien entendemos necesario conocer la historia y evocar la memoria de hechos trascendente como este de la batalla de San Marcial,  quien ha leído algo de una mínima solvencia sobre una guerra, y no digamos ya quien haya tenido la desgracia de vivir una, sabe que las guerras no tienen nada de glorioso ni épico, y que lo único que hacen es crear destrucción, hambre, enfermedades y, en fin, todo tipo de sufrimientos tanto para la población civil como para los soldados movilizados, quienes  en la gran mayoría de casos no son sino jóvenes a quienes el destino les ha llevado al campo de batalla, por más que ellos hayan intentado oponerse. Desgraciadamente, un mundo en paz, si bien un precioso ideal por el que debemos luchar, no es sino una utopía contraria a la singular naturaleza codiciosa y autodestructiva del ser humano. Sirva este post para que quienes lo lean no se olviden de aquella última batalla de San Marcial, y de las muchas personas que ahí lucharon y murieron.

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