Falsificando la esclavitud

Published On 14/07/2013 | By Joseba Egia Larrinaga | Economía, Opinión

La deslocalización empresarial o industrial (acción conocida internacionalmente como “offshoring“) supone el traslado de las actividades productivas desde países industrializados a otros en vías de desarrollo con niveles de renta per cápita y salario medio de la población inferiores al país de origen. Este fenómeno comenzó a tomar relevancia a finales de los 90 y se ha asentado durante la primera década del s. XXI con el traslado de las actividades de grandes compañías a países con menores costes laborales, ventajas fiscales, etc., con el objetivo principal de obtener mayores beneficios. De esta manera, las empresas conseguían mejorar su “competitividad” en el mercado internacional y nacional.

Así, durante muchos años, las empresas han deslocalizado su actividad hacia países de Asia y Latinoamérica, ya que estos ofrecían ventajas como salarios bajos, gran disponibilidad de mano de obra e infraestructuras en desarrollo. Por ejemplo, esta inversión extranjera no se desvió hacia África por la falta de infraestructuras, cualificación y estabilidad política en la mayor parte de los países; aunque en los próximos años podría convertirse en un nuevo objetivo para las empresas.

Es cierto que como consecuencia de la deslocalización, los consumidores de los países de origen supuestamente se benefician de productos más baratos y además, las empresas pueden desviar su atención hacia tareas de mayor intensidad tecnológica. En contraposición, la deslocalización también puede suponer una importante destrucción de empleo y una menor calidad del producto final.

Por otra parte, en el país receptor (teóricamente beneficiado) nos encontramos con un aumento de los ingresos, creación de empleo, etc.; pero en realidad el crecimiento que han obtenido estos países no se trata de un crecimiento sostenible ni equilibrado, sino que experimentan una gran dependencia a las empresas extranjeras. A todo esto hay que sumarle las pésimas condiciones de trabajo que experimentan los empleados en casi la totalidad de los casos.

Otra práctica llevada a cabo en el comercio internacional es el “dumping, que se define como la práctica en la cual una empresa establece un precio inferior al coste de producción para los bienes exportados, consiguiendo así eliminar a la competencia del país importador y hacerse con el mercado. En muchas ocasiones, el dumping es posible gracias a las subvenciones que establecen los gobiernos a las exportaciones de ciertos productos, lo que permite la rentabilidad de dicha exportación a un precio inferior al coste. Estas subvenciones están consideradas competencia desleal en el comercio internacional, pese a que ocurra con bastante frecuencia, como con las famosas placas solares chinas.

Esta práctica en un principio “beneficiosa” para los consumidores del país importador, suele acabar derivando en una situación de monopolio. Esto trae consecuencias funestas para el desarrollo de actividades de producción en el país importador, además de otros problemas derivados como la falta de competencia interna.

 

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En el mundo globalizado en el que vivimos,

¿es indispensable la deslocalización de las empresas?

La deslocalización de la producción, de los países industrializados hacia países con mano de obra barata, es el resultado de la búsqueda del incremento de los beneficios de la empresa y constituye una evidente expresión de las leyes de la economía capitalista. La enorme competencia entre los países industrializados ha supuesto una de las mayores causas para la deslocalización, pero la bajada drástica de los precios del transporte en los años 90 también animó a que este fenómeno se extendiera por todo el mundo.

El mercado internacional nos hace creer que la deslocalización es necesaria para el desarrollo de la economía global, de modo que las empresas aumenten su competitividad y puedan obtener el máximo beneficio, sin importar los costes éticos ni morales. Sin embargo, no se trata de una necesidad real sino de una oportunidad o una elección personal de los empresarios, que tratan de aprovechar los recursos disponibles en otros países para conseguir un beneficio propio.

“Se produce con las leyes del país receptor y se vende con las leyes del país de origen”.

Las grandes empresas, siempre buscarán maximizar el beneficio y por tanto, la deslocalización será una de las herramientas para intentar conseguir dicho objetivo. Además, se trata de una actividad totalmente legal y serán las mismas empresas las que decidan deslocalizar o no. No obstante, se deberían de controlar más las condiciones en las que se realiza esta actividad, ya que es una fuente de desempleo en el país de origen y de trabajos poco éticos en los países receptores.

Para evitar la deslocalización se deben crear políticas fiscales y laborales mundiales. Si el mercado mundial está regulado, no tiene sentido que todavía existan estas enormes diferencias entre regulaciones laborales y fiscales entre países. Además, el papel de las normativas medioambientales hace un flaco favor hacia la defensa de la producción sostenible y la deslocalización. Los países en desarrollo aplican normativas menos estrictas en este tema, por lo que la producción en estos países se vuelve mucho más rentable que en otros.

La alternativa clara a la deslocalización pasa por una eliminación de la competitividad entre países y la instauración de un régimen de colaboración mundial. Así, los países con mayores avances tecnológicos y científicos podrían impulsar el desarrollo sostenible del planeta a un coste real, en el que se tengan en cuenta los verdaderos costes del trabajo y de las consecuencias sobre el medioambiente.

¿Es la deslocalización la nueva forma de esclavitud?

En el mercado internacional está permitido el comercio de cualquier producto y bien, así como del propio dinero, pero no el de la mano de obra. Si bien es cierto que el traslado de las empresas a estos países podría suponer un principio de desarrollo económico en ellos, la realidad es bien distinta.

La historia de la humanidad dejó atrás los grandes canales de trata de personas y esclavitud porque entendió que se deben respetar los derechos humanos  ante los intereses de ciertos individuos. Sin embargo, tras la instauración del capitalismo y la economía global, esta historia se ha diluido y las grandes corporaciones han encontrado la vía para realizar los mismos actos de forma distinta. Las condiciones laborales de los trabajadores del país receptor distan mucho de las condiciones de los trabajadores del primer mundo, obteniendo un salario mínimo a cambio de una explotación en horas de trabajo y condiciones que en ciertas ocasiones se pueden considerar de un régimen de esclavitud. Además, la utilización de niños no tiene ningún tipo de justificación ya que atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Para su defensa, las grandes multinacionales utilizan una falacia común. Explican que ellos cumplen las leyes impuestas en cada país, aplicando las condiciones laborales del país receptor. Sin embargo, estas condiciones laborales no son conceptos impermutables. Una empresa que llega a un país con un menor desarrollo aprovecha esa condición para aplicar unos salarios más bajos de los que podría pagar. Por lo tanto, la media salarial del país quedará tal y como estaba cuando llegó. Esta empresa, de este modo, es responsable directa de la media salarial del país, ya que si decidiera pagar lo mismo que en el país de origen, las condiciones laborales inherentes del país receptor serían mejores. Claro que en ese caso, la empresa no obtendría mayores beneficios.

La empresa vende un producto fijado a unas condiciones de vida concretas de un país, pero produciendo dicho artículo en un país con peores condiciones, por lo que el margen de diferencia es acumulado por la propia empresa. Esto, aun siendo legal, es una actitud deplorable ya que atenta contra la dignidad de los países más desfavorecidos y los aboga a un desarrollo mucho más lento y poco seguro de lo que podrían llegar a tener.

Además, está demostrado que la deslocalización de las empresas condiciona a las empresas locales que no desean hacerlo, de manera que se ven obligadas a bajar el precio de sus productos para poder seguir manteniendo su cuota de mercado. Una vez dada la deslocalización de parte del mercado, sube el paro ya que los antiguos trabajadores de las fábricas ya no hacen falta. Por tanto, crece la demanda de trabajo y baja la oferta, por lo que las empresas locales que deciden mantener sus fábricas pueden bajar los precios de los productos a base de ofrecer peores condiciones laborales.  Queda claro entonces, que la deslocalización de las fábricas enriquece a los dueños de las mismas pero tiene a igualar las malas condiciones de trabajo del país de origen y el país receptor. En este tema podría extenderme más, pero lo haré en mi siguiente artículo sobre el desempleo.

Estas prácticas tienen que ser eliminadas en su totalidad, pero para que eso ocurra el bien común debería de primar sobre la ley del máximo beneficio y la empresa estar al servicio de la sociedad, y no al revés.

Por ello, es necesario exigir unos derechos laborales internacionales aplicables a cualquier empresa y cualquier lugar del mundo. Para poder realizar esto habría que regular unos derechos laborales universales, pero esto claramente perjudicaría la actividad de las grandes multinacionales e iría en contra de la política de deslocalización, por lo que entrarían en juego los intereses de las grandes fortunas, personas con nombre y apellido detrás de las grandes multinacionales.

Sin embargo, los organismos internacionales pueden exigir la no explotación laboral de personas y que primen la persona sobre el capital. Esta sería la única forma de defender los derechos a una vida digna de estos trabajadores.


¿Puede la deslocalización de una empresa hacia países como China jugar en su contra u dañar su imagen en el mercado?

La deslocalización, como ya se ha comentado anteriormente, permite la fabricación a un coste inferior favoreciendo así la bajada de los precios y mejorando la cuenta de resultados de estas empresas. Sin embargo, la calidad del producto final no siempre es la óptima. Este factor puede ser uno de los causantes de los daños en algo tan intangible como es la imagen de marca, puesto que al ser fabricados con mano de obra no cualificada, en muchos casos la calidad final se ve afectada.

Por otra parte, el hecho de producir en otro país requiere un gran control de tu propia producción, puesto que de otra forma la empresa fabricante puede utilizar el know-how que le proporcionas para producir un producto falsificado. Para la empresa fabricante es tan sencillo como fabricar lotes un poco más grandes de los especificados. De esta manera la empresa productora puede quitar cuota de mercado a la propia marca, y se puede producir un deterioro de la imagen de la marca.

En este caso existe una doble moral inherente en las grandes marcas, ya que aprovechan las condiciones que hemos explicado en el anterior punto para su beneficio propio, pero cuando el control de su know-how se pierde y aparecen falsificaciones de productos con los mismos materiales y de calidad a un precio muy inferior, suelen tomar cartas en el asunto o suelen pedir a las autoridades que tomen medidas al respecto. Las empresas que deciden deslocalizar su producción deben atenerse a las consecuencias que esto puede tener, ya que por ello reciben enormes beneficios.

Por último, es por todos sabido que la producción en estos países está muchas veces ligada a condiciones laborales poco éticas. En numerosas ocasiones han salido a la luz imágenes y datos sobre los trabajadores, en estos países, de ciertas marcas mundialmente conocidas, hablándonos de largas jornadas de trabajo, sueldos irrisorios e incluso el empleo de menores en las producciones. Pese a perjudicar enormemente la imagen de la marca, y aunque la mayoría no estemos de acuerdo con estas prácticas, la sociedad permanece indiferente y sigue comprando estos productos.

Quizás esta conducta sea fruto de la publicidad a la que nos vemos sometidos, ya que no hay que olvidar que estas mismas marcas gastan más en marketing que en la propia producción de los bienes. Así consiguen “lavar su imagen” y no parece que sea una mala táctica, puesto que a día de hoy continúan siendo las marcas más vendidas mundialmente.

¿Cómo se puede contrarrestar o impedir el ‘dumping’?

En la actualidad, ya existe legislación para impedir el dumping, protegiendo así la industria local ante el comercio internacional. Estas medidas tratan de contrarrestar los efectos de la devaluación de los precios, resultado de las subvenciones estatales, sin constituir restricciones cuantitativas a las importaciones o la prohibición de la importación de los productos afectados. De esta manera, no se trata de salvar la producción nacional no competitiva, sino de crear un mercado en el que las ventajas competitivas no sean fruto de prácticas desleales.

Las medidas anti-dumping se limitan a aplicar un arancel a los productos importados para aumentar el precio de las importaciones vendidas a un precio por debajo de lo normal, con el objetivo de reflejar su valor real.

Con ello, se consigue compensar el margen de dos formas:

  • Compensan el margen de dumping, que corresponde a la diferencia entre el precio de exportación del producto y su valor real.
  • Compensan el margen del perjuicio, que corresponde a la diferencia entre el precio de exportación del producto objeto de dumping y los precios de venta del producto equivalente, cuando este último margen sea inferior.
  • Ello significa que, pese a ser sometido a un derecho anti-dumping, el producto importado puede seguir siendo más barato que el producto equivalente. Se evita así que estas medidas puedan utilizarse para hacer más caras las importaciones que los productos comunitarios equivalentes.

Sin embargo, la realidad es que todavía el dumping es una actividad real que se produce entre diferentes regiones y países, como por ejemplo entre China y la UE. Las medidas adoptadas no parecen ser suficiente y creo que se deberían de aplicar unas más restrictivas que traten de impedir estas prácticas ilegales:

  • Mejorar la tecnología de las aduanas y aumentar su capacidad para que se pueda detectar mejor cuándo una empresa importa grandes cantidades de un producto a un precio muy bajo (o de forma ilegal).
  • Prohibir que las empresas puedan tener más del 50% de un mercado, teniendo en cuenta que eso conlleva limitar el libre mercado de las grandes multinacionales como Coca-Cola, Inditex, Nestlé, etc.
  • Inspeccionar continuamente los mercados buscando prácticas de dumping y sancionar a las empresas que lo practiquen.
  • Prohibir y eliminar las subvenciones estatales a la internacionalización y a la exportación.
  • Incentivar la cooperación y colaboración empresarial internacional y penalizar la competitividad en base a dumping y malas condiciones laborales.

Por otro lado en occidente existe una corriente de pensamiento que empieza a ser relevante, el conocido como Think Global, Act Localque propone un modelo empresarial basado en pequeños negocios interconectados de manera que las grandes corporaciones puedan perdurar creando sus productos de manera global pero produciéndolos con los medios locales de cada zona. Es una idea más de lo que la sociedad exige a sus empresas: sostenibilidad, en todas sus vertientes.

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About The Author

Estudiante de Ingeniería de la Organización industrial en la Universidad del País Vasco, Junior Empresario, triatleta, amante del opensource ...culo-inquieto en general.

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