Crónicas mexkaldunas: una mexicana en Euskadi

Published On 10/07/2013 | By Camila Cienfuegos | Crónica

Antes de venir a Donostia, mi madre vio un documental —o algo parecido— sobre estudiantes de Eramus en España. Recuerdo que me llamó súper-asustada diciendo que no quería imaginarse que me fuese a venir acá a drogarme, a beber como un vikingo y a follar cual animal con un sinnúmero de rubios con acentos exóticos.  Le contesté que claro que no, que mi viaje tenía como propósito último la exploración de la fascinante cultura vasca. En ese momento, claro que mi respuesta fue mentira. En el fondo de mí sabía que venía a vivir un bacanal de 6 meses donde quizás, de vez en cuando, se colaría algún libro o alguna experiencia verdaderamente trascendental. Como decimos en mi tierra: equis.

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Seguramente era algo así.

Después de mucha espera, aterricé en suelo vasco. Como casi siempre, la vida acabó dándome un porrazo y me encontré vagando sin rumbo y sin tener un solo amigo, porque entre el euskera y la frialdad al purito estilo Winterfell, bien pude haber muerto y nadie se hubiese percatado. Recuerdo una cena de clase en la que, sin saber cómo, acabé bailando como una desquiciada en Bataplán con mucha gente que compartía aula conmigo, y, ingenuamente, salí de ahí creyendo que ya todos eran mis amigos de la vida, porque en México un amigo de la peda es casi un amigo instantáneo. Fue rarísimo llegar el lunes a la escuela y que nadie me respondiera los “holas” o ni siquiera me voltearan a ver. Lo primero que pensé, naturalmente, fue que seguro había hecho alguna guarrada o había hablado de más. Pensé en redimirme por ese acto aún desconocido para mí, pero esa redención nunca llegó. En realidad, no había hecho nada fuera de lo común, simplemente no entendía cómo es la gente aquí.

En mi carrera (estudio Ciencias de la Comunicación), desde siempre nos han dicho que los humanos somos seres sociales por naturaleza. Al cabo de unas semanas en Euskadi empecé a convencerme de que los vascos no eran seres sociales, sino simplemente seres. La primera vez que le dije “te quiero” a un vasco, este me miró con una cara como si yo le estuviese pidiendo que fuese el padre de mis hijos. No supe ni cómo explicarle que se puede querer a la gente sin querer casarse con ella; es decir, yo te puedo querer así, sin más, y no tienes porque asustarte, no me voy a volver loca ni te voy a llamar a altas horas de la madrugada para platicarte los detalles de nuestra futura boda. No. Ez. De igual modo, si te hablo en clase para pedirte algo, un bolígrafo o lo que sea, no significa que estoy enamorada de ti. Te estoy hablando porque es normal hablar con la gente, por lo menos en mi lado del mundo se acostumbra a hacerlo.

Bueno, hicieron falta 1 o 100 errores de este tipo para al final darme cuenta de las convenciones sociales y las formas de proceder vascas. Confieso que hubo un momento en el que estuve a punto de quemar las naves y mandar a todos los vascos a la chingada porque odio estar tratando de dar afecto a quienes no están interesados. Este momento duró probablemente una fracción de segundo, porque me acordé que yo quería venir a explorar la cultura vasca, según lo que le dije a mi madre. Y ahí empezó la verdadera aventura: la conquista de Euskadi.

A todos los latinos (o extranjeros en general) que tengan pensado venir a Donostia o alrededores, déjenme empezar por aclararles una cosa: a los vascos no les interesas. Ellos no te van a buscar la cara, no te van a invitar a salir y tampoco te van a preguntar que cómo va tu día. Es una verdad difícil de aceptar, pero una vez digerida, todo será mucho más fácil. Si quieres llegar a algo con ellos, vas a ser tú quien tenga que esforzarse. Imagínate que estás en una comedia romántica y tú eres el chico tímido y probablemente geek que tiene que dar el primer paso con la chica que le gusta. Bueno, pues esa es la ecuación ideal para hacerte de un amigo vasco: si tú no haces nada, ellos menos. Hay que entender que aquí eres tú el que tiene que adaptarse a sus cánones sociales, no ellos a los tuyos. Aquí estás en su tierra, y América Letrina, siento decirte, queda muy lejos.

No me malentiendan. Tampoco todo es tan malo. De hecho, es una batalla difícil de ganar pero la victoria es dulce. Las dos armas principales con las que tienes que contar para asegurar el triunfo son mucho más sencillas de lo que parecen: comida y curiosidad. A ver, por lo menos a mí me funcionó. El País Vasco es conocido mundialmente por su cocina y todas sus estrellas Michelin. La cocina mexicana es patrimonio cultural de la humanidad. ¿Ven lo que estoy diciendo? Bingo. Cocinar para los vascos siempre te va a garantizar por lo menos que se aprendan tu nombre y te sonrían, hay que conquistarlos a través del estómago. Lo segundo es un poco más complicado, pero con la constancia suficiente se puede lograr: muestra curiosidad e interés por la tradición vasca. No les voy a mentir, al principio empecé a hacerlo únicamente para integrarme, y poco a poco me fui interesando al punto en el que de repente estoy a las 3 de la mañana frente al ordenador leyendo artículos de Wikipedia sobre la txalaparta. Los vascos son muy celosos de su cultura, y cuando llegas tú, tan latino y tan extrovertido, a preguntarles sobre el lauburu, créeme, estás dentro.

vascoFascinante en verdad.

Al final del cuento, mi Erasmus sí acabó siendo un clavado de cabeza en las tradiciones euskaldunas más que una libación romana tipo springbreak. ¿Les digo la verdad? No me arrepiento ni por un segundo de haberlo hecho así, porque me estoy yendo a regañadientes y contando los días para volver. Y no lo digo únicamente por Euskadi, creo que ir a cualquier otro país como estudiante extranjero y tratar de adentrarse y, en medida de lo posible, de interiorizar sus costumbres, hace cualquier experiencia mucho más rica y gratificante a muchos niveles, con todo y las borracheras de rigor que claramente no pueden faltar.

Ahora, volviendo al tema de las relaciones vascas, por ahí me dijeron un día que un amigo vasco es un amigo para toda la vida (¿será por lo difíciles que son de conseguir?). Supongo que eso está por verse.

—Colaboración de Camila Cienfuegos.

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21 años // México // Políticamente incorrecta // Fan del arrabal, los pasteles y los zurdos.

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