No adoro al líder

Published On 17/05/2013 | By Colaboraciones | Opinión

“El día se ha ido para el patriotismo superficial. El que vive con vidas de falsedad vive en esclavitud espiritual. La libertad es todavía el bono que recibimos por conocer la verdad” – Martin Luther King.

Líderes. Pensemos un momento en lo que esto significa.

Le dejo pensar.

¿Por qué necesitamos líderes? ¿Los necesitamos? Si le soy sincero, me invade el tedio solo de pensarlo. Deje de escribir entonces, ¡payaso! —pensará usted, con acierto, probablemente—. Bien. En primer lugar, gracias por lo de payaso. Me da ganas de seguir aporreando el teclado. Me dejo llevar por la desidia para juntar unas letras, con el fin de quejarme de algo, más que de complacer a un lector. No soy el mejor vendiendo mi mierda, lo sé. Pero dejemos de hablar de mí. ¿Qué opina de los líderes? Le di la oportunidad de pensarlo unas líneas atrás. Y si ha llegado hasta aquí, será ahora conocedor de mi necesidad de quejarme. Me encanta hacerlo. ¿Soluciona algo quejarse? Probablemente no, pero uno excreta su detritus como puede, y como le dejan. Y aunque no sirva, en el sentido que tenemos en la actualidad de utilidad, le da a uno la posibilidad de no inmolarse en una gigantesca explosión de indignación —palabra de moda, por cierto. Y eso que no soy yo mucho de modas—.

Déjeme tomarla con un tema manido. Y es que —y advirtiendo al lector que soy un profundo ignorante, en general, y de antropología en particular—, estoy convencido de que ya el primer homínido odiaba a su jefe. O a sus gobernantes. Y en última instancia, a su jefe supremo con cara de mono. ¿Estamos determinados de forma natural para odiar la subordinación? Demasiado metafísico para mí.

No obstante, el tema de los líderes me pone. Al hilo de lo anterior, ¿odiamos todos a nuestros líderes? Es probable que la respuesta sea negativa. ¿Qué siente usted cuando una multitud jalea a una persona —recordemos que todos cagamos, y tenemos miserias, y tal vez en parte sea lo que nos hace grandes en cierto sentido—, cuyo mérito es haber nacido, pongamos, en una familia con cierta “tradición” de llevar una corona sobre su eminente cabeza?

Dios me libre de ser contrario a la monarquía, y del ateísmo. Pero ya que me sacan a Dios en la conversación, ¿qué opinan de que un señor opine sobre la homosexualidad, como puedo hacerlo yo de la amanita phalloides, y todos sus grupis digan amen?

No sé si estoy sabiendo conducirle a donde quiero llegar. Seré algo más conciso, y dejaré de tratar de hacerme el gafapasta. ¿No siente en su interior una vocecilla que le dice que esos señores viven a costa de usted? ¿No le hierve la sangre al pensar que hay gente que parece un borrego?

Si la respuesta es sí, le doy la bienvenida a mi club, al que llamo: “¿Soy el único al que le parece una gilipollez?” ( ©, todos los derechos reservados).

Desde ese señor asiático que regenta una monarquía comunista hereditaria, hasta esos nuevos libertadores de pueblos, pasando por esos democráticos jefes de gobierno electos en las urnas gracias a sus discursos con obviedades y palabrería políticamente correcta.

Y llegamos pues, a la parte gorda de esta pequeña regurgitación de ideas. ¿Necesitamos a los líderes? ¿Es posible que una sociedad pueda progresar, proveerse de servicios, ser sostenible, y toda esa parafernalia inevitable, sin un sistema jerárquico, que por otra parte —y siendo esto harina de otro costal— tienda irremediablemente a la clasificación de la sociedad?

Lamento avasallarle con tanta interrogación. Me justifico argumentando que me parece la mejor forma de presentarle mi discurso, al fin y al cabo, las preguntas, siempre son mejores que las afirmaciones.

Si está cansado me lo dice, y dejo de aburrirle hasta otro día, aunque no sé ciertamente si habrá otro día. Si no lo está, déjeme aturdirle con otro pedo filosófico. Esta negación que hacemos en mi club de las bondades del liderazgo, ¿es atribuible en todos los ámbitos? Me explico, el ¿delegado de la clase de su hijo, o el que organiza el partido de futbito de los martes en su oficina, merecen ser incluidos dentro de este furibundo recorte de cabezas patriarcal?

Probablemente, no. Demonios, adoramos a ese tipo que organiza los partidos de futbito.

Tal vez sea un error de bulto, que por supuesto yo he cometido. ¿Será posible que haya confundido líderes con algo que podría llamar falsos líderes? —como puede el lector comprobar, soy una fuerza de la naturaleza en cuanto al lenguaje, ruego me disculpe—.

¿Qué diferencia por tanto a los líderes de verdad, los molones, los que dices: “Qué tío o tía más grande”, de los que dices “¡Váyase con sus fanboys a otro planeta!”?

Tal vez sea la vocación. Y en este momento, suena algo parecido a una oda a la alegría. ¡La vocación! ¡Paren las rotativas! —he de reconocer que siempre quise decir esto, aunque no venga a cuento en este contexto, discúlpenme—. La vocación. Del lat. vocatĭo, -ōnis, acción de llamar. Toma ya.

Pues precisamente eso es lo que diferencia a un verdadero líder, de uno falso. Que sienta la llamada de hacer algo que realmente necesita que se haga. Que tome responsabilidad, y se sacrifique. Sacrificio. Primero por él mismo, y segundo por una gente por la que siente respeto, y por la que quiere trabajar.

Vocación: se tiene o no se tiene. Y si un político no la tiene, y trabaja en política porque le gusta ese lifestyle, lamentablemente no será un buen líder. Si me dejan, otro día les hablaré de falsos líderes disfrazados de verdaderos líderes, pero hoy ya me he cansado.

— Colaboración de Karlos Lejonagoitia.

Like this Article? Share it!

About The Author

Por lo general, gente con mucho tiempo libre y sin nada mejor que hacer que llenar de rica cultura vuestras cabezas escribiendo en MLI. Eso que os lleváis.

2 Responses to No adoro al líder

  1. Escribes divertido. Utilizas las palabras con una levedad elaborada muy entretenida.

    🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *