El Sendero

Published On 14/05/2013 | By Iker Oteiza | Relato

Y anduvo, siguió el sendero. Habían pasado días o quizá siglos desde el inicio de aquel viaje, ni él mismo llegaba a recordarlo. Pero sí que recordaba por qué inició ese trayecto, el hambre acechaba, y la noche se hacía presente.

Entonces encontró un árbol frutal en su trayecto, pero desconfíó. “Demasiado evidente”, pensó, y trató de observarlo atentamente. Discernió preciosas hojas, coloridos frutos y un robusto tronco propio de un árbol crecido en condiciones muy dichosas. Sin embargo, desconfió. “No es común encontrar esta clase de árboles en un terreno como éste”, se dijo, “demasiado bueno para ser cierto”. Y siguió su camino con un débil andar, producido por el cansancio de largo tiempo sin descanso y el ayuno; extrañamente no le preocupaba demasiado, ya que algo reconfortaba su corazón, algo lo hacía continuar hacia el horizonte donde se perdía de vista el camino desde que tenía memoria.

Pasaron días, encontró una cueva resguardada con un blando suelo de hierba que probablemente le haría soñar durante largo tiempo; sin embargo, desconfió. “Demasiado oscuro”, pensó, “no puedo bajar la guardia en un lugar como éste”, se dijo. Y a pesar de pasar horas analizando el lugar decidió marcharse. Se sintió cada vez más cansado, débil y, al mismo tiempo, seguro. Era curioso ver cómo su ánimo se mantenía álgido mientras su cuerpo maltrecho prácticamente no daba más de sí.

Siguió unas horas más, vomitó y acto seguido, sonrió. Continuó andando. Cayó de bruces y de nuevo se levantó y sonrió. Miraba al horizonte con una sonrisa en los labios viendo como el camino se alargaba sin parar a la espera de encontrar descanso en su final. Sus piernas dejaron de responder, su mente se hallaba seriamente nublada y volvió a caer, pero esta vez no se levantó. La inexpresión pintaba su cara de un tono gris. Y recapacitó.

Se dio cuenta de que los vivos colores de los frutos no trataban de ocultar nada putrefacto, si no que trataban de hacer ver su gran capacidad reconstituyente. Se dio cuenta de que la oscuridad que cubría la ya pasada cueva no trataba de ocultar a ningún extraño, si no que trataba de facilitarle a conciliar su pesado sueño.

Observó su enfermizo estado, pensó en las promesas que el horizonte le había hecho y que él creía que nunca le había proporcionado, hasta entonces. El horizonte nunca le intentó llevar hacía el final del camino, el horizonte únicamente le proporcionó el camino y todo lo que el mismo contenía y él se limitó a ignorar sus componentes, a temerlos.  Su expectativa de encontrar un maravilloso final en el camino no era más que una excusa, era su excusa. Le hacía sentirse reconfortado, le hacia evitar enfrentarse a sus numerosos miedos que constantemente le acechaban a los lindes del camino.


Volvió a sonreír.

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