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Si uniéramos nuestra fuerza

Published On 07/05/2013 | By Taig Mac Carthy | Opinión

Tu mayor enemigo se esconde en el último lugar en el que buscarías – Julio César, año 75 a.C

No puedo evitar preguntarme qué sucedería si todos los jóvenes como yo, que sienten rabia como yo, por una situación política tan decadente, uniéramos nuestra fuerza. Miles de jóvenes furiosos, como yo, uniendo nuestra fuerza con rabia y violencia, brazos y piernas, piedras y palos, contra un gobierno esquivo y mentiroso, un bipartidismo corrupto y un estado de las cosas deprimente. Contra la policía, contra los banqueros negligentes y contra los cargos públicos que roban como zorras cuya sed es mayor cuanto más beben. No puedo evitar preguntarme: ¿qué pasaría si uniéramos nuestra fuerza?

Puedo imaginarlo. Derribaríamos las vallas, saltaríamos muros, haríamos retroceder a los antidisturbios, entraríamos en el congreso, tomaríamos los bancos y les prenderíamos fuego, pasando por la guillotina a cualquiera con podredumbre en sus manos y dinero en algún paraíso. Durante semanas la ciudad sería un caos. “¡La revolución ha llegado!”, diríamos, “¡y todos estabais avisados!”. Pero, ¿qué pasaría una vez las llamas se apagasen y el humo se disipase? ¿Qué pasaría cuando las calles volvieran a ser habitables y la ciudad un lugar seguro? Tarde o temprano, nuevos culpables ocuparían el asiento de los difuntos y la situación volvería, inevitablemente, a adquirir el mismo hedor a mierda.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Esta es la pregunta más dura que he tenido que afrontar, debido a las implicaciones de la respuesta. Lo cierto es que si todos los jóvenes uniéramos nuestra fuerza sucederían muchas cosas, pero no se solucionaría nada. ¿Por qué? Porque el problema no está fuera, sino dentro de cada uno de nosotros. Es duro e incómodo admitirlo. Sería preferible que todo se solucionase cepillándonos a algunos culpables, pero no es así. El problema está en cada uno de nosotros, escondido. La injusticia. La miseria. El dolor. La envidia. Nada de eso se soluciona asaltando congresos. Tendríamos que asaltar nuestras propias mentes.

El verdadero enemigo no es el político, el policía, el banquero ni el hombre rico. Tampoco el inmigrante, el hombre pobre ni el jóven indignado. El verdadero problema está en tu interior y te hace buscar y odiar a culpables fuera de ti. Mira a tu alrededor. Los pobres culpan a los ricos y los ricos a los pobres. La derecha culpa a la izquierda y la izquierda a la derecha. Los ateos se lo reprochan a la religión y los religiosos a la falta de moralidad. Los gobernados culpan a los gobernantes y los gobernantes a otros gobernantes. Los hijos a los padres y los padres a los hijos. Los parados a los empresarios y los empresarios a los parados. Pero, por supuesto, todos nosotros culpamos a El sistema y Los mercados, esos terribles entes sobrenaturales.

Hemos fabricado enemigos externos para poder culpar a alguien. Hemos creado los mitos del político corrupto, el inmigrante ladrón, el empresario sin escrúpulos, el banquero estafador o el ciudadano vago. Y si bien es cierto que hay personas que han tenido mayor participación en los males actuales, esas personas no son más parte del problema que tú. Es simplemente que tu problema se ha manifestado a escala reducida. La verdad es que la miseria y la injusticia social no son por culpa de la crisis; es la forma en la que nos tratamos los unos a los otros en esta sociedad lo que nos hace miserables. Es el rencor y la envidia. El odio y la avaricia. El desprecio y el miedo. Esta es la dura verdad: todos nosotros tenemos un problema y seríamos capaces de cosas mucho más terribles que recibir sobres.

Sobre el ego

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