The Walking Skeletons

Published On 02/05/2013 | By Colaboraciones | Divulgación, Medicina, Opinión

Si le contáramos a una mujer que se muere de hambre en el tercer mundo que en una sociedad próspera como la nuestra su caquexia es estándar de belleza, ¿qué nos diría? El bueno y honesto Obelix, con toda la inocencia de sus kilos de más, lo resumiría espléndidamente en una única frase: “Toc, toc, toc… Estos primer-mundistas están locos”. ¿Y realmente estamos locos? ¿O somos una depravada mezcla de sadismo y masoquismo? ¿Cortejamos la sensualidad de la enfermedad y la muerte? ¿Por qué consideramos atractivo a un cuerpo claramente privado de las necesidades nutricionales básicas de un ser humano? ¿Y realmente lo hacemos?

Admiramos la belleza de nuestras modelos que desfilan sobre las pasarelas y protagonizan las portadas de nuestras revistas con poco más que un encaje de piel sobre los huesos. ¿Pero realmente lo encontramos atractivo? Es una pregunta interesante, con la que en concreto me he topado de primera mano dos veces en mi vida. Una durante el bachillerato, otra en la universidad, cuando en una conversación mis compañeras preguntaron a los chicos qué preferían: las modelos esqueléticas o las chicas con curvas. En general, la respuesta fue unánime (digo en general porque siempre hay excepciones y para gustos se hicieron los ceros de la báscula. O no, puede que fuera para atormentarnos), la mayoría prefería, y cito textualmente, “una mujer con algo donde agarrar”. En concreto no se me olvidará nunca la frase de un amigo que lo resumió así: “Si me voy a la cama con una de esas modelos tendría miedo de que se rompiera”.

Entonces, si preferimos las curvas de una jugosa pera a la sequedad de un regaliz de palo, ¿por qué nuestro estereotipo de belleza lo protagoniza la anorexia en bragas? ¿Quién ha impuesto esa moda que ha hecho atractiva al hambre? ¿Y por qué lo seguimos como borregos al matadero? Sin contar con que hemos asentado el modelo que da vida a lo que consideramos uno de los grandes problemas actuales: la Anorexia Nerviosa. ¿Pero qué esperamos? Cuando bombardeamos a mentes en desarrollo con imágenes de belleza distorsionada, les inculcamos valores prejuiciados, crecen estereotipados por ellos y al final se obsesionan con perseguirlos. Después de todo, ¿a quién no le gustaría ser atractivo? (Quien diga que no, miente; o no se ha parado a hacer una valoración a fondo de sí mismo).

Al final, regresamos al punto de partida. Somos sádicos y masoquistas, disfrutamos de auto torturarnos e idolatramos al resultado de nuestra tortura. Porque es tortura, no nos equivoquemos. Si consideramos tortura a la vieja costumbre china de vendar los pies a las mujeres por razones meramente estéticas, entonces ¿qué es privar a un ser humano de alimento por los mismos fines estéticos? Es una mella en la salud tanto física como psicológica de esa persona, pero también es una mella en los estándares de esta sociedad que se considera avanzada y civilizada. Pensémoslo, si viajáramos a otra sociedad, si saltáramos en el tiempo, y les presentáramos a nuestros congéneres humanos nuestro modelo de belleza, ¿cuál sería su reacción?

“Toc, toc, toc… estos primer-mundistas están locos”.

A veces, para percatarnos de la ridiculez de nuestra realidad necesitamos mirar a través de unos ojos inocentes, no distorsionados por el prisma que la sociedad nos ha impuesto. La sencillez de su respuesta es algo que debería hacernos plantearnos lo que consideramos “normal” y “ético”.

“Toc, toc, toc… estos primer-mundistas están locos”.

Lo dejo a vuestro criterio.

— Colaboración de Mara Sánchez Aguinaga.

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Por lo general, gente con mucho tiempo libre y sin nada mejor que hacer que llenar de rica cultura vuestras cabezas escribiendo en MLI. Eso que os lleváis.

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