perversión liderazgo

La perversión del liderazgo

Published On 24/04/2013 | By Taig Mac Carthy | Opinión

El liderazgo es un concepto que despierta recelo. Resulta curioso, pero parece que no se puede decir que alguien es “un líder” sin que otro frunza el ceño. ¿Por qué se ha pervertido tanto un concepto tan sencillo? No soy antropólogo, pero he estado pensado al respecto.

Remontándome al origen de la especie, cuando las sociedades humanas eran pequeñas, nómadas y no había demasiados recursos para distribuir, el liderazgo era algo circunstancial. Las actividades concretas, como la caza o la recolección, tenían lideres específicos y ocasionales. Estos lideres circunstanciales eran personas que demostraban su valía en aspectos concretos de la vida y en quien los demás confiaban para estas tareas, pero no tenían ningún poder legislativo ni administrativo. Este es el estado original en el que el hombre lidera al hombre.

El cambio llegó con el sedentarismo, que provocó un incremento de las sociedades y su riqueza. Estas sociedades sedentarias eran de carácter expansivo, por lo que la actividad bélica jugaba un papel importante. Esta actividad debía ser comandada por un líder; un guerrero fuerte o un estratega hábil, que contase con la confianza del grupo. Generalmente, en las sociedades más expansivas, el líder bélico se convertía también un líder político, que administraba los territorios y los recursos que conquistaba. Es así como el líder circunstancial de la actividad bélica se proclamaba soberano.

Eventualmente, algunos soberanos consolidaron su poder político al margen de su éxito como líderes. A partir de ese momento, el estatus de líder se desvinculaba del valor del individuo y pasaba a ser transferible. Es así como sucede la primera perversión del liderazgo: el dinasta, un individuo cuyo liderazgo no se basa en su aptitud. Cabe destacar que la consolidación de este liderazgo sucedía mediante la represión moral y física de los que ahora eran sus súbditos o vasallos.

Pero con la Ilustración, a medida que los súbditos ganaban independencia y se emancipaban de los medios de represión, el falso liderazgo del dinasta quedaba expuesto, causando el estallido de numerosas revoluciones. Los tiranos eran derrocados, pero la necesidad de administración de recursos y mantenimiento del orden público era mayor que nunca. Se ratificaron leyes y se enunciaron modelos económicos para la administración de los recursos.

Aun así, las sociedades requerían un gobernante que las guiase. El rencor y el desprecio hacia el liderazgo absoluto era fuerte. La sociedad quería recuperar la tradición de elegir a sus líderes por su aptitud. El problema es que en una sociedad tan grande resulta imposible conocer la aptitud de todos los miembros. He aquí la gran contradicción: si no aceptamos la imposición y no podemos valorar a los aspirantes, ¿cómo designamos al líder?

Como resultado de esta contradicción nace el espantapájaros: un líder electo cuyo prestigio se basa en la falsa idea que tenemos de él. El espantapájaros no necesita ser, sino parecer. George Orwell ofreció un buen ejemplo en su novela 1984. El líder de la sociedad distópica de Orwell, el Gran Hermano, ni siquiera existía. No era más que un símbolo que infundía temor o respeto entre sus seguidores. Crees conocer sus trajes, el tono de su voz, su sonrisa y su altura, pretendes tener cierta idea de sus intenciones y afiliaciones políticas y te parece conocer su carácter y sus valores, pero lo cierto es que el gobernante es elegido desde la ignorancia, donde nuestra imaginación fabrica al líder.

Es así cómo el concepto del liderazgo se ha pervertido. Hemos perdido la noción del liderazgo circunstancial y elegimos a nuestros gobernantes sin haberlos conocido nunca. Cuando pensamos en líderes nos vienen a la cabeza estrellas de rock y los deportistas de élite, o nos refugiamos en figuras históricas que yacen bajo sus tumbas y adornan las camisetas y paredes de los espíritus más revoltosos.

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