En defensa del prejuicio

Published On 21/04/2013 | By Jon Intxaurraga | Opinión

Estamos en una época en la que se valora de sobremanera dar imagen de persona tolerante, abierta y cosmopolita (políticamente correcta, vamos). Parece que después de la explosión de Internet tenemos acceso a mucha más información y, sobre todo,  a la posibilidad de digerirla a mayor velocidad. Es como si, tomando el ejemplo de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (Lewis Caroll, 1870), pudiéramos correr a la misma velocidad que el flujo de la información. Sin embargo, la realidad es muy distinta. De hecho, podría afirmarse sin rodeos que, en lugar de en la era de la información, vivimos en la era de la desinformación; ya que, si antes se utilizaban el silencio informativo o la censura para desinformar, ahora se emplea la sobreinformación con el mismo objetivo, ya que muchos no tenemos el criterio suficiente como para distinguir la paja del grano. Por eso, no creo que sea descabellado defender que estamos llenos de prejuicios a la hora de “construir” nuestra visión del mundo.

Aun así, he de admitir que la palabra “prejuicio” está maltratada. Está asociada a algo negativo. Tomando la segunda acepción que la RAE otorga a este término, tenemos que un prejuicio es una “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Si tomamos en cuenta mi primera afirmación, eso es que vivimos en una era de la desinformación, y le sumamos esta acepción de prejuicio, no creo que sea muy difícil adivinar cuáles van a ser mis argumentos para defender este concepto.

Conocimiento directo y conocimiento por descripción

Bertrand Russell (1872-1970) en uno de sus libros más famosos, On Denoting (Logic and Knowledge, 1956), distinguió dos tipos de conocimiento: el conocimiento directo, que lo considera el fundamento de todo conocimiento, y el conocimiento por referencia o descripción (“Knowledge by acquaintance and knowledfe by description). En el capítulo en el que trata este tema, Russell separa la experiencia directa y consciente con el objeto de la descripción (“un objeto que es así y asá”) que solo se ajusta a este objeto. El pensador diferenciaba, pues, el conocimiento sin intermediarios y el conocimiento a través de intermediarios. Para explicar la progresiva diferencia entre el conocimiento directo y el conocimiento por descripción, Russell utiliza la figura de Otto von Bismarck: distingue la visión que tenía Bismarck de sí mismo, de la que tenía alguien que le conoció en persona y de la que tiene alguien que simplemente ha estudiado su trayectoria en Historia. Es muy interesante la apreciación que hace Russell de este último caso, ya que determina que cuando alguien que no ha conocido a Bismarck hace un juicio de valor sobre él, la descripción que tiene de Bismarck será probablemente “más o menos vaga según el conocimiento histórico que tenga”.

Asimismo, Russell determina que cuando se hace una afirmación sobre Bismarck, no sabemos directamente si lo que decimos es verdad o no, porque aunque emitimos un juicio en el que Bismarck es sujeto constituyente, fallamos porque la propia persona de Bismarck nos es desconocida. No obstante, según el filósofo, esto se “corrige” porque sabemos que hay un objeto “B”, que llamamos Bismarck, que responde a descripciones como “el Primer Canciller del Imperio Germano” o “un astuto diplomático”. Por eso, Russell da importancia a la descripción como medio para el conocimiento, ya que nos posibilita superar los límites de nuestra propia experiencia y conocer cosas que no hemos experimentado nunca. Así, sabemos que el Real Madrid pasó la eliminatoria de Champions sin tener que ver el partido o nos hemos enterado de que Margaret Thatcher ha fallecido sin necesidad de ir al hospital y tomarle el pulso. Pero, ¿qué pasa cuando las descripciones no se ajustan al objeto o cuando se ajustan a más de un objeto? ¿Y cuando se ajustan vagamente?

Las dos objeciones no son mías; sino del filósofo Saul Kripke (1940). Éste las explicó el 22 de enero de 1970 y que están recogidas en el libro El Nombrar y la Necesidad. Básicamente, Kripke objeta que las descripciones y los nombres propios no actúan como sinónimos, ya que hay descripciones que pueden ajustarse a más de una persona o se ajustan de manera incorrecta. Por ejemplo, cuando hablamos del hombre que “descubrió” América se nombra a Cristobal Colón, lo que es incierto, ya que está demostrado que los vikingos o los propios vascos llegamos al “nuevo mundo” antes que Colón. No solo eso, también puede ocurrir que te refieras a Nicolas Sarkozy como “el presidente de Francia”, a pesar de que el actual presidente de Francia sea François Hollande, simplemente porque no sigues la actualidad internacional. Asimismo, cuando empleamos descripciones como “el jugador del Athletic”, no sabemos si se refieren a Andoni Iraola o a Iker Muniain, ya que se ajustan a más de un objeto.

Bertrand Russell, nearly 90, preparing to speak at a CND rally in Trafalgar Square.

 

PRE-JUICIO Y JUICIO

De todos modos, lo que más me interesa a la hora de defender el prejuicio son los objetos que no se ajustan únicamente a una descripción o a una referencia. Antes hemos hablado de Bismarck, pero podríamos hablar de cosas más mundanas de las que tenemos un conocimiento directo como las casas o los barcos. Cuando somos pequeños, en la escuela nos enseñan a dibujar casas como si fueran “un triángulo sobre un cuadrilátero”, con la forma de un chalet, con su jardín, su chimenea y hasta el humo. Así, esta representación de un tipo de casa se convierte en la imagen que tenemos gravada en la mente. Esto a pesar de que la mayoría vivamos en pisos y nuestro conocimiento directo de lo que es una casa sea distinto. Con los barcos ocurre igual. En la escuela nos enseñan que los barcos tienen una vela. Esto a pesar de que vayamos al puerto y veamos barcos que únicamente funcionan a motor, sin velas. Estas imágenes, que aceptamos sin ser conscientes de que son representaciones parciales de cómo pueden ser un barco o una casa, crean en nosotros “pre-juicios” que nos hacen creer cuando somos pequeños que todos los barcos y las casas responden a todas las características, aunque nuestra experiencia sea distinta. Son “pre-juicios”, en el sentido estricto de la palabra, que nos ayudan a formar un juicio posterior sobre lo que consideramos que es un barco o una casa.

Antes de continuar con los prejuicios, me gustaría indicar qué es para mí un juicio: cuando una persona realiza un juicio de valor es equivalente a dar una opinión formada sobre un asunto concreto, desde lo más mundano hasta lo más complejo. De manera más técnica podríamos hablar de una creencia “verdadera y justificada”, que se resumiría en que “S sabe que p si y solamente si p es verdad, S cree en p y S justifica por qué cree en p”. Es cierto,como apuntaba Gettier, que esta definición es falible, ya que se pueden cumplir esas tres condiciones por azar. A pesar de este matiz, creo que es un indicio mínimo para poder afirmar que alguien tiene un juicio. De hecho, no es solo que un individuo crea algo,  sino que esa creencia está justificada en evidencias.

Es cierto que las evidencias pueden llevar a lo que comúnmente se llaman “prejuicios”, pero también debemos aceptar que es un paso adelante en lo que sería un “pre-juicio”, porque es más que una opinión “previa y tenaz”, aun sin ser un juicio, además de que el hecho de hacer un juicio no implica que sea, a la fuerza, cierto. Una persona que solo ha visto llover en Donostia, tendrá el “pre-juicio” de que aquí siempre llueve, a pesar de que mientras escribo estas líneas hace sol. El problema de los prejuicios, a mí entender, es cuando sirven para promover la estigmatización de ciertos grupos sociales. Decir que en Donostia siempre llueve o que los barcos tienen velas, no nos lleva a no querer disfrutar de los días en los que el sol aparece por Donostia ni a despreciar a los barcos sin velas; ya que esa imagen que tenemos en la mente no condiciona nuestro comportamiento. Sin embargo, cuando creemos que porque un luxemburgues ha robado a otra persona (aun pudiendo ser esta luxemburguesa) y estigmatizamos al colectivo luxemburgués, y a los que por desconocimiento consideramos luxemburgueses, hay un problema de estigmatización, ya que tenemos el prejuicio (“pre-juicio”) de que todos los luxemburgueses son unos ladrones y los tratamos como criminales antes de saber si ese luxemburgués es un ladrón. Habrá quien objete que este juicio está justificado porque ha habido un luxemburgués que ha robado, por lo que se cumplen las condiciones para que esta afirmación sea “creencia verdadera y justificada”. No estoy de acuerdo, porque un luxemburgués no representa toda la comunidad luxemburguesa, por lo que no se puede culpar a toda una comunidad o grupo social de lo que ha hecho un miembro suyo. Esta afirmación parece una tautología, pero es algo muy común estigmatizar a comunidades por actos de miembros a los que se considera que responden a las características de ésta. Son la base del racismo o la xenofobia, ya que se toma la parte por el todo y se llega a creer que todo un grupo social está “contaminado” por el comportamiento de algunos de sus miembros. No importa que se diga que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, en referencia a las clase media y bajas europeas antes de la crisis económicas, o que se afirme que por llamarte “Jennifer” tienes que ser una chica poligonera de extrarradio y “ligera de cascos”, porque las dos son afirmaciones absurdas fundamentadas en casos aislados y con el objeto de hacer creer a ese conjunto que son inferiores o que son, en definitiva, unos apestados en esta sociedad.

JODIDAMENTE IGUALES

Todos tenemos prejuicios. Es algo que nos convierte en iguales. Da igual la orientación ideológica o sexual, porque todos tenemos estos “pre-juicios” que nos hacen descifrar este caos en el que vivimos. Sin estos prejuicios nos sería imposible tener un mínimo juicio de valor, ya que estaríamos todo el tiempo preguntándonos si lo que creemos o afirmamos es cierto o no; una duda razonable que, aunque desde el punto de vista teórico se puede considerar positiva, ya que los humanos erramos, desde el punto de vista práctico nos llevaría al caos. Imagínense lo que sería comprar una barra de pan sin tener el “pre-juicio” de que una panadería hace mejor pan que otra, a pesar de que no hayamos probado los panes que venden en las mismas condiciones. El problema del prejuicio viene cuando condiciona tanto nuestra manera de pensar que nos hace dejar de considerar alternativas a esa visión parcial de la realidad y que, encima, nos lleva a despreciar a alguien o algo por el simple hecho de que pertenece a un colectivo al que estigmatizamos. Decir que “todos los argentinos son psicoanalistas” o que “todos los andaluces son unos vagos” puede que tenga parte de razón, pero si este pre-juicio nos lleva a considerar que, por el mero hecho de ser alemán o andaluz, respondes a estas propiedades, como si fuera una ley de la Naturaleza, tenemos un problema.

Ya sé que defender los prejuicios es políticamente incorrecto. Soy consciente de que es una palabra que está estigmatizada, y con razón, por lo intolerantes que somos con lo que desconocemos (culturas, tendencias…). Por eso, creo que es hora de recuperar esa acepción que convierte al prejuicio en lo que literalmente es: un juicio previo a un juicio más exhaustivo y ponderado. Para ello, habría que quitarle ese “prejuicio” que convierte al “pre-juicio” en algo negativo y hasta punible. Creo, además, que admitir que nuestro conocimiento está limitado muchas veces a “pre-juicios” nos ayudaría a relativizar muchos de los prejuicios que tenemos, ya que tomaríamos en cuenta que, en el fondo, conocemos un poco de todo, pero solo de todo un poco. Aun así, dudo que caiga esa breva porque vivimos en una sociedad en la que el culto a la personalidad es tan importante y en la que el fallo es sinónimo de fracaso total que nos hemos convertido en unos vanidosos. Por eso, cada vez que nos sentimos inferiores nos agarramos al prejuicio para intentar desprestigiar al que envidiamos.

Toma prejuicio. ¿O juicio?

Like this Article? Share it!

About The Author

Txikitan Athletic-eko jokalaria izan nahi nuen, orain, aldiz, gizaki izan nahi dut eta horrekin nahiko daukat (Willis Drummond-ek horrela esango luke). Gauza arraroak idazteaz gain, txioka ere aurkituko nauzue (@j_intxaurraga). Beraz, nahiko arrunta naiz, Erresumarik bako "jatorra", alegia. De pequeño quería ser jugador del Athletic, ahora quiero ser persona y con eso tengo de sobra (así lo diría Willis Drummond). Aparte de escribir cosas extrañas, me encontraréis piando (@j_intxaurraga). Como veis soy bastante normal, algo así como un "campechano" sin reino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *