Deshumanización del enemigo y rutina del asesinato: de ETA a los drones

Published On 18/04/2013 | By Jon Gurutz Arranz Izquierdo | Entrevista, Reportaje

El antropólogo, filósofo y profesor Joseba Zulaika (Itziar, 1948), en la actualidad director del Centro de Estudios Vascos en Reno, Nevada (EEUU), se acercó al Museo San Telmo en San Sebastián para dar una conferencia en el evento Escenarios de la violencia: etnografías y debates desde la antropología. La jornada, organizada por la Asociación Vasca de Antropología (Ankulegi) y el Departamento de Filosofía de los Valores y Antropología Social de la UPV/EHU, se centró en tres tipos de violencia: simbólica, de género y política. Fue en este último apartado en el que el antropólogo participó con su charla Violencia y fantasía: el caso de los drones. A la vez, debido a la conmemoración de los 25 años desde la publicación de una de sus principales obras etnográficas realizada en la localidad guipuzcoana de Itziar, Violencia vasca. Metáfora y sacramento (Nerea, 1990), realizó un repaso a toda su carrera académica y profesional. Posteriormente, concedió una entrevista a “¡Muera la inteligencia!”.

1.- Los argumentos que sostienen el relato del tiempo en el que vivo

Pregunta. ¿Qué experiencia obtuvo al hacer la etnografía en su pueblo natal Itziar?

Respuesta. Ahí es donde aprendí cómo se construye una representación y lo fácil que es justificar un asesinato. Es lo más fácil. Una metáfora ritualizada en la que explica que tú eres “perro” y yo soy alguien que estoy por encima del individuo, soy ETA o “la causa”. Estas ideas son esquemas que realmente te dan una pauta para explicar algo que está ahí.

“Baina ori nola leike?” (“Pero, ¿cómo es posible eso?”), como definición de lo inexpresable, es la pregunta que nadie olvida si ha leído el libro Violencia vasca. Metáfora y sacramento. Planteada por primera vez en 1975, de forma retórica y espontánea, por un grupo de señoras de Itziar en pleno shock postraumático tras contemplar el asesinato de una persona a sangre fría, la pregunta se queda grabada en Zulaika que no sabe cómo consolar ni responder a aquellas vecinas.

Más tarde, durante la década de los 80, cuando el antropólogo regresó a su localidad natal para realizar la etnografía sobre la violencia, los habitantes le pidieron que explicara algunas conclusiones de su trabajo. Fue entonces cuando explicó que el asesinato de Carlos, el conductor del autobús del pueblo, a manos de dos etarras debido a que según ellos era un “chivato” —aquél suceso que habían presenciado las señoras—, obedecía a una necesidad ritual de narración trágica y a una fantasía colectiva del propio pueblo. Una creación en la que todos habían participado. “Yo les dije que era una invención, que para nada era un chivato”, aclara Zulaika, ya que solían ser comunes este tipo de acusaciones sin ningún fundamento. En el caso de Carlos, se le adjudicó esa categoría porque varios curas de la localidad habían sido recolocados de la parroquia de Itziar a la de otra localidad, algo normal en la época, pero cuando alguno de ellos era muy querido se solía recibir la noticia como parte de un oscuro plan. “De algún modo desmonté cómo se puede hacer una representación colectiva, una invención con la figura del chivato, cómo está basada en la fantasía, cómo nosotros nos lo imaginamos y lo creamos, y la gente me escuchó. En ese sentido, me sentí orgulloso de que la etnografía podía desmontar una representación colectiva. Sin tener yo ninguna pretensión de convencerles de nada”, sentencia.

Pese a todo, el autor reconoce, tal y como lo explicó en el epílogo de su obra, que cometió algunos errores en la realización del trabajo de campo en su pueblo. Como es el caso del distanciamiento etnográfico, que le llevó a intentar entrar en ETA para poder conocer más de cerca esa realidad. Zulaika bromea sobre el asunto al escuchar las carcajadas del auditorio: “Patiné muchísimo, fue una locura. No hagáis esas cosas”.

 

San Telmo

2.-  El terrorismo como tabú, la ignorancia de las agencias de inteligencia contraterroristas sobre “el otro” del que nos quieren proteger y la amenaza constante magnificada a través de la fantasía

Durante la elaboración de su trabajo Terror and Taboo (Routledge, 1996), escrito junto William A. Douglass, fue a dar conferencias en EEUU con famosos expertos internacionales en terrorismo y ahí se percató de la imagen estereotipada que se tenía de “ese otro”, el terrorista en este caso, y de cómo la narrativa mitificaba a su vez el terrorismo sin conocerlo en absoluto. Había una especie de ficción que romantizaba su figura sin concretarla ni contextualizarla. Por ejemplo, estos expertos evitaban tener ninguna relación con las personas que decían estudiar, ni las conocían ni querían hacerlo, y daban instrucciones precisas a los demás para impedir que se creara cierta empatía o reconocimiento con ellos (como que durante la época de Thatcher y el IRA se evitara que cualquier mensaje de los segundos llegara al gran público). “El terrorista es este fantasma, un ser tabú”, explica el antropólogo, “lo que es precisamente la antítesis del etnógrafo. Nosotros necesitamos el cara a cara, saber y conocer su dimensión social para ver cómo funciona. Además, en mi generación todos conocíamos a terroristas” por lo que, aclara, el contacto con personas relacionadas con el terrorismo no devenía en problema para él como sí lo hacía para los sociólogos internacionales. Es así como la experiencia del autor chocó frontalmente con la visión que tenían los estadounidenses sobre la materia: “El terrorista para ellos es un loco, que no tiene ninguna justificación moral, ni política, ni legal, ni ética ni nada. No quieren saber nada de la subjetividad del terrorista. Hay una pasión por la ignorancia. El nuevo contraterrorismo, una industria inimaginable y enorme que se ha generado ahora, estudia a terroristas que nunca ha visto; y el problema es que cuando realmente hay una información útil que puede servir se pierde entre todas las empresas de seguridad, públicas o privadas, y los servicios de inteligencia”.

Para el profesor es necesario destacar que “el mayor ejército que ha existido en la historia” se está gastando más dinero en contraterrorismo que cuando “en la Guerra Fría se combatía al imperio soviético”. Lo que a su vez nos obliga a reflexionar sobre la extraña situación que estamos viviendo: “Es necesario preguntarse hasta qué punto estás produciendo el fenómeno que tú temes”. Y, ¿quiénes son estos terroristas actuales? Muchos eran amigos íntimos de la CIA en Afganistán. “De modo que llega un punto en el que parece que el contraterrorismo es algo así como la profecía que se auto-cumple”, sentencia en tono severo Zulaika.

Y así llegamos a la situación actual, a la verdadera primera guerra del s. XXI, al momento en el que por fin damos la bienvenida a los drones.

 

An MQ-9 Reaper in Iraq in 2008. Photo: Air Force

3.- No es el futuro, está ocurriendo ya con nuestra aquiescencia

P. El artículo en The New York Times que habla sobre las “kill list” (“lista de la muerte”) que supervisa el propio Obama, ¿cómo es posible esto?

R. Creo que una lectura básica de eso es que Obama necesitaba hacerse el duro antes de las elecciones de noviembre. Para un presidente demócrata es letal que se te vea como débil. Ya había matado a Bin Laden… Todos sabemos que Kennedy intentó matar a Castro, pero al menos entonces se pretendía que no se supiera. Pero en este artículo parece que le están haciendo propaganda electoral, se ufana de que es duro y de lo que hace porque le va a dar votos.

P. Construyen un relato sobre qué es terrorismo, pero luego descubrimos que lo que bombardean con los drones son bodas o casas normales, como demuestra el número de civiles, personas en absoluto relacionadas con el terrorismo, que solo en Pakistán y durante la época Obama desde 2009 ya son más de 100.

R. Ellos hicieron, me imagino, el cálculo: “Vamos a combatir esto sin hacer una guerra como la de Irak, eso equivaldría a docenas de miles de muertos”. Entonces dijeron que matar a cientos sí que les valía. Ven a los drones, creo, como un sustituto de la guerra, y por lo menos la izquierda lo justifica así. Si son unos cientos, bueno, quizá “se están pasando”, pensarán, pero sigue sin ser la guerra de Irak.

4.486, ése es el número de bajas norteamericanas en Irak. Las del lado iraquí, desde civiles a talibanes, se desconocen (existen números aproximados, facilitados por asociaciones de Derechos Humanos, que hablan de más de 120.000 víctimas). Y pese a los 10 años transcurridos desde la invasión de Irak, o a los casi dos años desde la retirada de las tropas del país ocupado, el imaginario colectivo norteamericano no desea de nuevo vivir algo así. El recuerdo del goteo de muertes y vidas destrozadas es persistente. Como también lo es la aparición continua de nuevas atrocidades cometidas durante estos años.

El proyecto DarkStar comienza en 1996, y el objetivo es claro: desarrollar aviones espía sin tripulación. Tras años de prueba y error, el momento clave es la invasión de Irak de 2003 cuando, bajo el gobierno de George W. Bush, se utilizan estos aviones para unas pocas misiones de “inteligencia, vigilancia y reconocimiento”. A partir de ahí, y gracias a una situación de histeria colectiva tras los atentados del 11 de septiembre, comienza el desarrollo y producción en serie de este tipo de arma. Así es como la humanidad entra en la tercera revolución militar: el vehículo aéreo no tripulado. Y, con eso, la normalización del asesinato extrajudicial fuera de conflictos bélicos. La excusa de la guerra contra el terror, empezada por el cuarteto de las Azores, ha conseguido que proliferen hasta los 19.000 drones en funcionamiento que hay en la actualidad. Y no son sólo los EEUU los que disponen de ellos: Israel, Canadá, Reino Unido, Australia, Francia, Italia y Alemania son países que, o en la actualidad ya disponen de la tecnología o están en trámites para conseguirla. Los países en los que hay constancia de que EEUU está usando drones para vigilar o cometer asesinatos son: Irán, Afganistán, Pakistán, Siria, Yemen, Somalia y Libia (Israel, por su lado, los está utilizando en Gaza). Los habituales en estos casos son los vehículos aéreos conocidos como Predator y Reaper, que van armados con misiles Hellfire, y son dirigidos desde alguna de las 13 bases que hay por los EEUU. Zulaika, por otra parte, se encuentra realizando su trabajo en la base de Creech, en Nevada, pese a que no ha podido acceder a las instalaciones a realizar en profundidad su labor antropológica debido al secretismo militar.

Detrás de todo esto hay un único fin: la pretensión de realizar la guerra de la forma más quirúrgica posible. Algo que, por su propia definición, es imposible. Es por esto que la realidad, las evidencias y los hechos, tercos de por sí, están dejando vislumbrar que el número de civiles asesinados es mayor que el que los altos cargos militares del ejército y la CIA se congratulan en reconocer durante su “política de cero civiles”. Así es como, tres años después de las pruebas que se conocieron gracias a la filtración masiva de documentos por parte de Wikileaks, ahora hay muchos datos independientes que aseguran que de las 3.000 muertes en Pakistán, entre 200 y 300 personas serían civiles.

Dejando a un lado las diatribas tecnológicas, los diferentes modelos de drones que se utilizan o las reflexiones pseudofilosóficas en base a la autonomía tecnológica que está consiguiendo desarrollar el complejo industrial-militar, quizá basadas más en corrientes culturales como el cyberpunk o el transhumanismo que en la realidad, lo que se impone a día de hoy es el debate ético que es necesario plantear. ¿Quién es el responsable del asesinato de civiles a través de los drones? ¿El presidente Barack H. Obama y sus colaboradores de defensa Thomas E. Donilon y John O. Brennan, que son quienes diseñan y toman sus decisiones extrajudiciales en base a las mensuales “listas de la muerte? O, ¿lo es el técnico militar entrenado que, desde las bases estadounidenses a 11.000 kilómetros de su objetivo, abre fuego? ¿Esto es verdaderamente mejor que una “guerra clásica”?

¿Qué hacer cuando el arresto y el proceso judicial son descartados y el asesinato se convierte en la norma?

 

The US Reaper and Predator drone fleet

4.- Mi presidente se ha convertido en un asesino

P. El abogado del partido demócrata que no hace tanto se manifestaba contra Irak ahora usa drones, ¿cómo puede justificar este cambio? Y, ¿cómo es posible que el público dé por válido algo así?

R. Está justificado. El terror al terrorista es tal que está justificado. Es la fantasía que comentaba antes. El terrorista es una cosa tan fuera de lo humano, tan aberrante, criminal, ilegal, inmoral, tan todo, que está justificado matarlo porque es una amenaza para la civilización. Y, ¿cómo sabes tú que es un terrorista? Ahí es donde entra la fantasía. El tema de los drones es muy irónico. Siendo de Itziar, de la generación que soy, que he sufrido las contradicciones de mi época, te vas a EEUU y ves esta cosa de que el mismo individuo es un sacerdote y un asesino te lo encuentras en tu propio presidente. La única persona por la que he votado en mi vida ha sido por Obama, y el hecho de que él esté decidiendo, como salió en el The New York Times, la lista de a quién tienen que matar, y que de todos aquellos que han matado sepan el nombre de unos pocos; es decir, que si no me conociera la fantasmada de “quiénes son los terroristas”, que aquí la conocemos bien, de cómo se fantasea con esto al ser un tema tabú. El que sea un tabú no te permite saber quiénes son terroristas o no. De las personas que han asesinado, ¿quiénes son de Al Qaeda? Y luego se definen las víctimas de algún modo que hay toda una clase de individuos que, por cómo se visten o qué hacen y las zonas por las que se mueven, son, por la definición que manejan, “terroristas”. Por supuesto, no tienen nada que ver con ello. Con esas definiciones la gran mayoría de los que matan los consideran terroristas. Incluido a los niños, también ellos lo son. Están matando gente en base a una ficción. Las bases de datos de quiénes son terroristas o no, por supuesto, no tienen nada que ver. Hay bases de datos internacionales que señalan a los verdaderamente reconocidos como terroristas, y los que lo son realmente son los de menos. Como pasó con Guantánamo, que empezaron siendo todos los “super-terroristas” y luego los han liberado porque no tienen nada contra ellos y resulta que los que en realidad lo eran fueron muy pocos. Construimos lo real en base a nuestras fantasías. Del mismo modo que aquí la realidad del chivato” fue tan aceptada, el público americano se cree que esto es lo más eficaz para acabar con los terroristas. Y, por supuesto, en Afganistán, Somalia o Pakistán el antiamericanismo nunca ha sido mayor. En este sentido, sólo el tema de la fantasía puede explicar esto de que el público se crea de verdad que todos los asesinados sean “combatientes”. Miles de muertos bendecidos por el presidente que lo decide con una “kill list”. Un asesinato directo. Cada vez más escritores lo definen como asesinato, incluso ya dicen: “Mi presidente se ha convertido en un asesino”. La misma realidad que hace 25 años en mi libro yo le dedicaba a ETA, como esta combinación paradójica de sacerdocio, sacramentalismo y asesinato, es algo que hoy en día el presidente americano lo está exactamente repitiendo. Algo aprendí de la violencia de aquí cuando allí me hace ver los mismos esquemas.

Ante la pregunta de un estudiante universitario sobre qué papel puede tener la antropología ante el panorama desolador que ha dibujado el autor durante toda su ponencia, la respuesta de Joseba Zulaika es clara: “Debemos exorcizar el fantasma” y “desenmascarar la fantasía” que, en la actualidad, es el contraterrorismo. Realizar el mismo trabajo de deslegitimación que se hizo con otros fenómenos masivos ilusorios a lo largo de la historia, porque estos han sido constantes, como lo fue el de la caza de brujas. El antropólogo debe saber mantener un diálogo con aquello que estudia, para así poder explicarlo tal y como es.

Joseba Zulaika San Telmo

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About The Author

Empecé como chico de los recados para Oreka Komunikazioa y miembro del Ala Dura, sector Pito-Jai, del Euskal Kultur Mintegia; luego, hice esquelas preciosísimas en el DA (entrad, ¡que cada día hay nuevas!); después, en El País, aprendí que ser periodista es discutir mucho y muy fuerte con tu jefe; al final, me licencié en Humanidades y Comunicación (HUCO) en Deusto y, al ver que lo mío no era nada de todo eso, acabé en la UPV/EHU estudiando Antropología Social. Además, gracias a mi inglés “Hi! I’m Big Muzzy!” colaboro en Mapping Ignorance. También he trabajado en los Cursos de Verano de la UPV/EHU. Soy una persona de poca fortuna genética y un desecho vital. Por favor, no me miréis, me provoca miedito y consternación.

2 Responses to Deshumanización del enemigo y rutina del asesinato: de ETA a los drones

  1. Marco Livio Druso says:

    “el mayor ejército que ha existido en la historia” , deberías aclarar que es en términos absolutos de población y recursos. En proporcionales el que tuvo Octavio al final de la guerra civil ó el de Arausio contra los cimbrios sin rebuscar demasiado.

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